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lunes, 19 de septiembre de 2016

Herencias


Recuerdo que a muy temprana edad se me dijo que en esta humilde morada habitaban dos maestros de ese nuestro juego patrio. Cuentan las leyendas que no importaba el rival, circunstancia, color o forma de la mesa cuando el guiño, la punta de la lengua o el doble pestañeo ilustraban las facciones de aquellos que me han criado. Ganaban porque no se esperaba otra cosa según llegaban las primeras cuatro cartas a sus impertérritas manos. Ganaban por costumbre, por aburrimiento, porque muchas veces entre golpes de suerte y reproches, jugar bien es apuntarse los 30. Lamento deciros que la estirpe ganadora se interrumpe conmigo, que no me atrevo ni a envidar a chica, pero que al menos, redimo mis pecados con un madridismo ininterrumpido.

El Madrid me desquicia. La impunidad es algo que me corroe los cimientos de la moral ante un equipo que gana por hábito sagrado. Apesadumbrado, aburrido, errático, sin brillo, alza el martillo y gana andando, regular, a medias y muy a pesar de los tres deseos de aquellos que frotan la lámpara para ver al Madrid tuerto semana tras semana. En Cornellá, el Madrid se puso el parche en el ojo para hacer frente a las bajas de dos de las tres letras del trío maravillas y en un partido tedioso, de aquellos de los que otros años nos acordábamos como la peor de nuestras pesadillas, se convirtió en récord, banquete, café y puro. Accidentalmente perdimos a Casemiro e igual que tengo claro que todos acabaremos bajo tierra y calvos, entendí que la salida de Toni Kroos cambiaría el transcurso del partido. Con Sergio Ramos yéndose por bulerías, porque no quiere ni oír hablar de que ya se terminó el verano, tuvo que ser James Rodríguez el que toqueteara la gramola y quisiera alegrarnos los oídos con un poquito de cumbia sacada de sus bolsillos. Grandísima noticia para propios y ajenos que el colombiano pueda y quiera, y, sobre todo, que Zidane recoja el guante con una reverencia ante los sensacionales minutos que está firmando el colombiano.

A falta aún de poder cantar las 31 siendo mano, con tres reyes, y teniendo a todos los jugadores disponibles, Zidane no va de farol y tiene a los noveles de su lado. Lucas Vázquez empeñado en una irrespetuosa rebeldía para seguir sentando cátedra sobre cómo se es correcto, bueno y mejor partido tras partido. Y en esas estamos, siempre que reparta Modric, las cartas serán maestras. Manejando la herencia del Madrid en eso de ganar por decreto, mientras nos dan las 12 y la 1 como a Isco con el balón en los pies. Y sumando de tres en tres.

jueves, 1 de septiembre de 2016

Buenas noches y buena suerte


El cierre del mercado me pilló bostezando, sin que sirva de precedente para este verano tan soporífero en cuanto a emociones fuertes se refiere. Desconecté el fax para no llevar la contraria ni a Zizou ni a Florentino por aquello del aforo completo. Mientras me tomaba un vaso de leche, porque una de adrenalina entiende, vi como Isco no se subía al último AVE, ni cogía un vuelo a Londres, para disgusto de aquellos que se habían guardado un as en la manga. Había transcurrido el verano entre los que pudieron ser y no fueron, y los que habían sido y ya no querían ser más. Como James, testarudo, ofuscado y convencido en gustarse frente al Celta y hacernos desear que llueva café en el campo. 

Por otro lado, lamento descubriros una lacerante realidad, pero ir a recoger a dos criaturas a la guardería, más bien curtiembre catalana o italiana, no vamos a poder definirlo como fichar. A pesar de la presentación en el Bernabéu porque nunca menos, y mucha algarabía en estas primeras dos jornadas de Liga para los niños de nuestros ojos, I can't get no satisfaction.

Sin embargo y a pesar de este coitus interruptus traicionero que sirve para que los jugadores de la Selección interioricen que su entrenador se llama Julen y no Vicente, le voy a vender el cuerpo al optimismo para afirmar que estos quince días pueden traernos a Cristiano y Karim de vuelta, hambrientos por la falta de respeto de un fondo de armario al que Zidane le dedica canciones de Aznavour. Entramos en la época del año donde se caen las hojas, y también los análisis lapidarios con la Liga decidiendo a paso de tortuga si quiere más a papá o a mamá, que al hermano humilde con aires de grandeza ya lo ha desterrado Griezmann.

De tener el alma en vilo, al verano de 2016 donde una calva prominente dijo basta. La revolución de la bohemia, del silencio, del querer ser diagnosticados de un síndrome de Stendhal con lo que hay o lo que se cree que puede llegar a haber, a mí me ha convencido. Y eso que, ahora que no nos oye nadie, el Madrid ha prestado voluntarios para la causa del West Ham y del Espanyol. Esto es lo que hay, la pantalla se fue a negro a las 00.00 y como diría el gran Edward R. Murrow: “Buenas noches, y buena suerte”.


viernes, 26 de agosto de 2016

Chuches


La gula es pecado, quedáis advertidos. Empezó la Liga con ese crepitar entre bocas abiertas, cerradas, bocazas, y bocados de medio pelo a equipos que bostezan sobre el campo varias veces por minuto porque el verano aún pega sus manotazos de ahogado. Llegó el hombre tranquilo a Anoeta y les susurró a sus caballos que el modelo tiene que dar sus frutos. Rubricó el discurso con una palmada en el pecho y corrió el txacoli. Ya no somos solo una cara bonita, ahora el Real Madrid también es un equipo tremendamente inteligente que manda a Casemiro a comandar hasta en el repliegue. Kroos, que es más de regaliz, dijo que la historia tiene punto y seguido; Bale y Asensio ya empalagan de placer.

Y el silencio de los corderos inquieta a propios y ajenos ante la normalidad más visceral que recordamos por Chamartín. Llegan tambores de guerra desde más allá del ancho mar, porque parece que algunos no entienden de procesos de paz, y Zidane responde, que él tampoco sabe nada de vallenatos, que es más de minué, o que ahora con dos copas de más, se atreve hasta con el cancán.  Me molesta tanta sencillez. Me inquieta ver a Cristiano otra vez como el mejor jugador de Europa en una portada que debería hablar de cifras disparatadas por estrellas fugaces que disfrazan, con unos pocos artificios, la mismísima mediocridad. Aborrezco este verano tan tranquilo, y la Supercopa abrió la veda para ahogar tantas penas en aquello que no puede ser nombrado, y el Betis pagó otra ronda. 

Vimos la vida pasar en una semana mecidos por cantos de sirena, esperando a Cristiano y desesperando por Benzema, a pesar de que Morata no marca, pero deja margen para la esperanza. A un ritmo flemático, manso, casi de una serenidad pasmosa trabaja el equipo de Zidane para el estreno en casa frente al Celta, casi como nosotros, afilando las palmas y las panderetas.

En esas llegó el sorteo del Trofeo Santiago Bernabéu, sepan disculpar, de la Champions, y le prestamos a la UEFA unas manos inocentes para disimular las quemaduras en las yemas de los dedos, guiño, guiño. Volvemos a Alemania, porque la noche es oscura y alberga horrores, o no, que se lo digan al Bayern. Brindaremos en Portugal por la madre que parió a Cristiano Ronaldo dos Santos Aveiro y castañearemos los dientes en Varsovia, porque no todo iba a ser dibujar primaveras. Quieren que suframos, qué mamones.  Y el Madrid, al que no le pica ni la curiosidad de caer en la trampa, se queda a estas horas con la chica y con la parte divertida. Para el resto, polvos pica pica. 

jueves, 11 de agosto de 2016

Phelps, el Madrid y la inmortalidad


Algo tienen los dioses vestidos con piel de lobo o cordero que nos envuelve en una ferviente visceralidad de alegría y frustración a la velocidad de un parpadeo. No contentos con eso, fueron elegidos como poseedores de virtudes y defectos, pero también, como carentes de miseria, enfermedades y vejez.

Llegó Michael Phelps a Río poniendo a Zeus por testigo que había quedado redimido de sus pecados. Poseidón tardó dos días en hacerse humano mientras recordaba lo feliz que había sido en Atenas, Pekín o Londres. Y lo demás, ya es historia bañada en oro.

Horas antes, saltaba al césped de Trodheim un Madrid terrenal cuyo once bisoño generaba nubes y claros. Encomendados a Odín, que para eso vikingos de pura cepa, la calva austera pero argéntea de Filoptetes le marcó el camino a Marco Asensio, y el mancebo tiró la puerta abajo con un disparo que Sergio Rico acompañó, oración incluida, hasta la escuadra derecha de su portería. Aparecieron entonces los defectos, porque Ares nos da guerra.

Casemiro casi que ni fue, Morata sigue leyendo la parábola del hijo pródigo y empieza a perderse partidos y Kovacic no se parece a Modric ni en las últimas dos letras de su apellido. El Sevilla entendió la hazaña más por casualidad que por oficio y mientras la Giralda ya presumía orgullosa, Sergio Ramos aún tenía que torcer las líneas de Dios. Un don, un beso, un mimo, una palmada, un taconeo y en el minuto 92.33, el de Camas forzaba la prórroga, porque es para lo que nació.

Entendieron entonces los mortales que faltaba el colofón final en el que esta vez no estarían Bale o Cristiano por desgracia y Marcelo por voluntad, pero sí un tipo que parece tan corriente que asusta. Daniel Carvajal entonó el mea culpa, Hermes le dio alas y tras un diabólico sprint puso el balón a buen recaudo en la red y al Madrid donde nunca deja de volver.

Phelps ya es epopeya y el Real Madrid homenajea a Nietzsche con su eterno retorno. Reza el himno norteamericano que Estados Unidos es el hogar de los valientes. No por nada Michael ya es el mejor deportista olímpico de todos los tiempos. Sentencia el himno del Real Madrid que no hay nada más y no te puedo explicar por qué lo de este club es inexplicable pero sí por qué Michael y el Madrid son y seguirán siendo inmortales. Un día, simplemente, nacieron.

domingo, 7 de agosto de 2016

500 Días de verano


Entiendo que limpiarse la arena de la playa de entre los dedos es una tarea tediosa a la par que aburrida. En la época estival brota la impaciencia porque el ser humano nunca está conforme. No está hecho para relajarse, ni mucho menos para olvidarse del equipo por el que se desgañita durante el resto del año. No es el aficionado del Real Madrid una especie capaz de desconectarse la bufanda, menos aún, de no tener fichajes que ensalzar, criticar, alabar o destruir, mientras fija la mirada en un par de gotas de agua jugando a las carreras sobre una jarra de cerveza fría en la barra del chiringuito de turno. Las bicicletas son para el verano, pero el Real Madrid se despereza cuando los días empiezan a ser más largos.  Giramos primero contra el PSG y dimos una vuelta de campana que encendió las alarmas que tampoco desconectan entre chapuzón y chapuzón. Seguimos girando y aparecieron en un horizonte difuminado por las altas temperaturas, Chelsea y Bayern, ya menos de Múnich y más de Carlo. Las alarmas se apagaron hasta que nos vuelva a despeinar otra brisa veraniega, y tuvo que salir Zidane a echarnos un poco de hielo al ritmo de la canción del verano, aunque Jesé nos haya dejado: “estamos bien, preparados, este es el camino”. Y las fieras quedan amansadas, olvidándose del no, pero sí de Pogba, o el sí, pero no de André Gomes, al menos, hasta el próximo día 9 de agosto.

El Real Madrid tiene ahora mismo una de las plantillas más completas de su historia. Ya sé que sois inconformistas, insatisfechos, que queréis más y mejor, aunque después ya sea tarde para darse cuenta que juegan 11, o 12, o 13 siendo generosa, pero en este momento, la única preocupación en la cabeza del aficionado blanco debería ser la confianza o no en que Zidane gestione con criterio todas las opciones que están en la mesa. Las prisas nunca han sido buenas y casi nos vuelven a jugar una mala pasada fichando a un sustituto de Modric que ni es sustituto ni necesario, pero sí muy caro. Cuidado con la impaciencia porque después, en octubre, pediremos proyecto, cantera, veteranos y noveles mirando los laureles con respeto y emoción, mientras les condenamos al ostracismo a 40ºC en julio y agosto para que se curtan, porque somos Esparta.

Afilad los cuchillos para la Supercopa porque pintan bastos. Con Cristiano descartado, un Benzema al que tampoco le gustan estos calores, y medio equipo aterrizando en Barajas a esta hora de este día, van a ser los novicios que tantos veranos pedisteis los que tendrán que blandir las espadas. ¿No era lo que queríais desde que el mundo es mundo? Pues cuidado con lo que deseáis porque quizá se cumpla. Entra en escena Asensio para el deleite, Llorente, Ødegaard o Mariano, muy a pesar de su coste cero, reciente y reluciente neófito con maneras de delantero descarado. Hay equipo para ganar la Supercopa, que no para el infinito y más allá. De momento, pensando que la alegría de la juventud solo puede ser el sueño de una noche de verano, tengamos paciencia.

viernes, 8 de julio de 2016

Qué ironía


El enfrentamiento entre "Wild Bill" Hickok y Davis Tutt es uno de los pocos duelos entre pistoleros que han quedado registrados en la historia del Salvaje Oeste.  Aquél 21 de julio de 1865 en la plaza mayor de Springfield (Missouri), la velocidad del revólver de “Wild Bill” Hickok ante un vaquero local llamado Davis Tutt convirtió a Hickok en un hombre conocido en todo el país, y posteriormente, en un juzgado a la vista popular. Cuánta popularidad hay hoy en día en condenar los actos de Cristiano Ronaldo, más aún, cuando a esta hora, ha llevado a Portugal a disputar la final de la Eurocopa de Francia y de momento, llega a fin de mes sin defraudar a Hacienda, acto que en España tiene que ser motivo de abrir la puerta grande de Las Ventas. Bien que nos hacen disfrutar los apodos populistas y hemos pasado de “el que no hace nada” a “aquél que no aparece en los partidos importantes”. Me gustaría llamar al estrado ahora mismo a culés, atléticos, a aficionados del Wolfsburgo, húngaros o galeses. Hay para todos y de todos los colores, puestos a elegir testigos en un juicio justo.

Cristiano, como Hickok fue el más rápido en desenfundar con acierto frente a la portería de Hennessey y gritó ante todos que él estaba ahí, que tranquilos, y entonces, hasta a Bale se le aflojó la coletilla. Hasta ese momento, a Gareth Bale sólo le faltó tratar de atajar el testarazo de Cristiano. El de Cardiff circuló por todo el campo con un criterio abrumador y con la sensación de que a falta de Aaron Ramsey, las únicas esperanzas que tenía Gales recaían en sus piernas. Lo intentó todo, y al final, cuando se hizo el silencio en todo el campo, Gareth, en cunclillas sobre el césped, exhalaba aire por primera vez en el partido. La primera parte pudo parecerse más a un bostezo que a una semifinal de la Eurocopa, pero entonces Cristiano descendió de los cielos, no sé si al tercer, al cuarto o al quinto día, para abrir las aguas y mostrarle a Portugal la otra orilla de su tierra prometida, por segunda vez en toda su historia, jugarán una final de una Eurocopa. El portugués se puso el manto sagrado a modo de mono de trabajo, se remangó y contagió a todo el equipo con su carácter y una voluntad recalcitrante para firmar pocos minutos después de su gol, una asistencia a Nani.

Qué broma del destino para los bienaventurados críticos constantes de Cristiano Ronaldo, que el portugués se encuentre ahora mismo en semejante situación y rozando con los dedos su cuarto Balón de Oro, a pesar de dirigir un equipo más mediocre que prometedor. Qué sensación tan extraña debe ser querer y no poder. No era domingo, pero vuestro muerto volvió a resucitar para no darle puntada sin hilo a tanta boca incauta. Jugará la final contra un príncipe que también anda fino, pero él sigue siendo el rey. Qué ironía, Cristiano.

martes, 31 de mayo de 2016

Excusas


“Tú, que sabes disimular y excusar muy bien tus faltas y no quieres oír las disculpas de los otros, más justo sería que te acusases a ti y excusases a tu prójimo”. Tomás de Kempis.

Heme aquí con el dedo acusador para echarle la culpa al Real Madrid. Heme aquí también, para exculpar a aquellos a los cuales no les importa, porque apenas tienen tiempo para escribir excusas de por qué el equipo de Zidane es, cumpliendo con las predicciones de nuestros octogenarios, otra vez campeón de Europa.

Leía al compañero @jorgebustos1 ponerle la rúbrica final a un artículo con la siguiente frase: “Nada es común en el Madrid salvo lo extraordinario”. Es una realidad que golpea con tanta brutalidad el mentón, que cualquier intento por levantarse se queda en tambaleo ridículo. Tenemos los ojos irritados de frotarnos con ambas manos ante un imperial Sergio Ramos alzando la Orejona al cielo de Milán, al no poder entender de lo que es capaz este equipo tras una temporada que podría haber sido objeto de best seller para Stephen King. Mientras a muchos se nos minaba el ánimo y la esperanza cuando aún no había llegado la primavera, el Madrid iba construyendo su caballo de Troya. Y ni los once Aquiles del Cholo fueron suficientes.

“Lo que he aportado al Real Madrid ha sido positivismo”, sentenciaba Zizou en la rueda de prensa tras la consecución de la corona europea. Con algunos desdeñando el romanticismo y relativizando aquello de que el fútbol es un estado de ánimo, los silencios de Zidane hablan por sí solos, mucho más que el griterío y los aspavientos de muchos en la banda. Imagínense lo que deben sentir los jugadores de La Roda al haberle empatado al entrenador que ha ganado la Undécima con el equipo de su vida. Zidane repartiendo amor a propios y extraños. Con un: “Y Hala Madrid, hombre”, finiquitaba el francés su discurso en el balcón de la Puerta del Sol y en el Bernabéu. Y nada más.

Quiero hacerle un homenaje al periodismo pseudointelectual y confirmar que Cristiano no hizo un buen partido. Ya que entienden que de los millones de personas que estuvimos viendo el encuentro el 90% padecemos deficiencia visual, quédense tranquilos, no fue un partido que vayamos a recordar por la actuación estelar del portugués. Pero sí por meter el penalti decisivo y quitarse la camiseta como otro día más en la oficina. Un privilegio que se ha ganado tras una temporada con altibajos, un hat-trick al Wolfsburgo que le dio al equipo el pase a semifinales, 35 goles en Liga y 17 en Champions. Mención especial para Casemiro, don Carlos Henrique Casemiro como concepto. Como al que yo hubiese elegido como el mejor jugador del partido. Como la consagración de una mediocentro de talla mundial. 22 balones recuperados y un mapa de calor que ni la Antorcha Humana.

Y el Madrid, ¿otra vez campeón de Europa? Pues sí. Y vendido a la suerte de una especie de halo de maldad que hace que le sigamos millones de insensatos por todo el mundo. Lucifer nos pone, que diría aquél. “¡Sufrimos!”, suspiró Marcelo, un guiño a la historia del Atlético de Madrid. “Pero ganamos, ¿eh?”, otro guiño a la del Real Madrid. Y sin excusas.