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jueves, 25 de agosto de 2016

Hola, Gerard


Hola, Gerard.

Seguramente tu no me conoces, pero yo a ti sí. Son muchos años siguiendo tu trayectoria, y lo cierto es que me tienes preocupado. No pretendo hacerte cambiar y ni mucho menos ofenderte, pero me veo en la obligación de aportar mi granito de arena a la hora de reconducir tu deriva. Créeme cuando te digo, Gerard, que esas palabras que tu consideras bravatas edificantes no hacen sino confirmar que tu y los tuyos os halláis en el punto álgido de vuestro, por otra parte, eterno y más que evidente complejo histórico. Y no es que me de pena, Gerard, puesto que fuiste tu y solo tu quien, al elegir ser culé, renunció a la dignidad y la posibilidad de alcanzar la felicidad plena, pero sí es cierto que siento lástima. No me gusta verte sufrir, Gerard.

Sinceramente, Gerard, creo que no eres feliz. Y no lo entiendo del todo bien. Eres un gran jugador, tienes éxito y dinero y una familia que a buen seguro te quiere de verdad. Has ganado muchos títulos, la inmensa mayoría a través de una trama criminal de tráfico de influencias y favores arbitrales que tu vicepresidente Alfons Godall reconoció sin pudor alguno, pero títulos al fin y al cabo. Y sin embargo, creo que tu vida no es plena y también creo saber la razón.

Lo que te pasa es que en el fondo eres muy madridista, Gerard. Y eso te mata por dentro. Puedo estar equivocado, pero pienso sinceramente que no te gusta pertenecer a la rama deportiva de esa entidad tenebrosa llamada F.C. Barcelona. No se, Gerard, probablemente tenías potencial para llegar más lejos y me parece que eres consciente de ello. Quizá por eso, donde la gente normal crece, madura y cambia con los años, tu solo has pasado de matón de colegio a bufón de instituto. El asunto es muy triste, Gerard, ¿no crees?

Pasa que un servidor siempre ha tenido bastante sensibilidad con eso de la vergüenza ajena, Gerard, y tú la provocas casi a diario. Y aunque a estas alturas no te pedimos que seas inteligente, ya que lo que natura no da no lo entrega la Masía, sí te vamos a exigir que luzcas un mínimo de orgullo. Sal y compite con hombría, Gerard, que al fin y al cabo la mayoría de las veces vas a hacerlo contra diez jugadores. ¿Te suena, Gerard? Tú y yo sabemos que contra eso no hay sorteo que pueda luchar. Que se lo digan a Van Persie, o a Pepe, o al propio Atleti hace pocos meses. Que por cierto, Gerard, es una pena que no pudiéramos vernos en la final de Milán, pero parece ser que la Trama Godall ya no funciona tan bien como antes. Los sorteos, Gerard, que están amañados y tu bien que lo sabes. Vas a tener que darle un toque a la directiva de la FEF, sí, esa, la de ese país del que reniegas pero del que de vez en cuando te interesa cobrar primas y darte proyección internacional. Sí, ese, el de los españolitos, su Rey y esas cosas. Qué bochorno, Gerard.

Se me hace tarde y tengo que despedirme, Gerard. Pero antes, por supuesto, quiero ser educado y te deseo suerte de cara a la nueva temporada, del mismo modo que se la deseo al resto de tu equipo y en especial a tus nuevos compañeros. Sí, esos en los que tu club, en un alarde de imperialismo salvaje y desprecio brutal a la cantera se ha gastado en torno a 120 millones de euros con los que se podrían construir hospitales, curar miles de enfermedades y paliar el hambre en el mundo. ¿Qué opináis de esto insignes guardianes de la moral como el obispo de tu ciudad o tu mismo? Un verano sin moralinas no es un verano, Gerard. Y por otra parte, qué suerte, Gerard, que donde los demás tienen que sufragarse los gastos con entidades privadas como Bankia, vosotros podáis disfrutar de dinero público a espuertas en forma de los multimillonarios patrocinios de TV3, RAC1 o las tradicionales  condonaciones de deuda de La Caixa. Los hay que nacen con estrella, Gerard, y los hay que se la buscan como pueden. Tú estás en el grupo de los últimos, Gerard, por si te costaba entenderlo.

Un último consejo, Gerard: hasta para practicar la demagogia de mercadillo hay que tener cierta brillantez, y aunque tu vas sobrado a la hora de intentar poner en marcha lo primero te quedas cortísimo en lo segundo. Respétate, Gerard, por tu bien y por el de todos. El victimismo provoca lástima las primeras veces pero deja de tener gracia cuando te conviertes en el ex novio pesado y con permanente ataque de cuernos, Gerard.

Esperando que este humilde escrito pueda servirte de algo, ahora sí que me despido. Y no te enfades, Gerard, pues no pretendo ofenderte lo más mínimo ya que, como bien dice mi admirado amigo Pepe Kollins, el Madrid es amor. Qué te voy a contar.

Siempre tuyo, Gerard.

miércoles, 25 de mayo de 2016

El equipo del pueblo


Cuentan que los triunfos no solo deben valorarse por la dificultad de la empresa conseguida,sino por la grandeza de los vencidos.Sin entrar a valorar lo tortuoso del camino hasta llegar a Milán,lo cierto es que el Madrid se enfrenta a un ejército numerosísimo: por una parte el del propio Atleti,y por la otra el del antimadridismo más recalcitrante.Al final todo se reduce a los que gozan del triunfo propio y de los que sobreviven con la derrota ajena,lo que en el mundo del fútbol actual suele reducirse al Real Madrid y el resto.

No se recuerda un partidismo tan exacerbado y evidente ante una final jugada por dos equipos del mismo país, salvo que uno se remonte a este mismo partido hace apenas dos años. Claro está que la frustración provocada por el como (una de las victorias más épicas y emocionantes que la realidad podría concebir) y el cuando (en una final ante el equipo al que hay que apoyar si uno quiere ir a la moda, ser el cuñado perfecto o convertirse en un exponente de la campechanía y la corrección política tan valoradas en nuestra patria) han elevado el revanchismo hasta niveles peligrosos para la salud y hasta la decencia. Ni siquiera una pequeña y por supuesto acomplejada parte del madridismo ha podido escapar al Síndrome de Estocolmo promovido por Relaño & Apadrinados y las soflamas motivadoras de Simeone, tan llenas de contenido como un programa de Sálvame o un disco de El Canto De El Loco. Claro está que Belén Esteban y Dani Martín son del Atleti, como no podía ser de otro modo. Y también está claro que a lo que antes me refería como madridismo podríamos llamarlo de una manera muy distinta.

El Madrid se ha vuelto un equipo indie. Es el equipo de los valientes, los marginados por ser como son, los que reciben miradas de desaprobación por mostrar con orgullo su pasión y sus colores. El madridista reniega del establishment y aboga por la fuerza del individuo frente a la vulgaridad de los absorbidos por las corrientes del pensamiento único, la manipulación informativa y el buenismo social. En la glamurosa Milán, el equipo blanco no tiene que presumir de humildad ni falsa modestia, porque eso sería ofender a una Copa de Europa que se presta a ser seducida por undécima vez. Quizá sea porque en Concha Espina, la filosofía del partido a partido no se asume como chascarrillo fácil, sino como un medio para el fin que mejor se conoce: ganar.

Y es por eso por lo que el Real Madrid no necesita subir a las nubes, ya que nació en ellas. Tampoco necesita definirse en base a consignas populistas, frases de manual de autoyuda para adolescentes ni imaginería nacionalista, porque su razón de ser es una leyenda de triunfos tan infinita como su propia existencia. Porque no hay mayor sentimiento que el ser partícipe de la historia más grande jamás contada desde que a alguien se le ocurrió pegar una patada a una pelota de trapo, y porque no dejar de creer es ganar una final con un cabezazo imposible en minuto 93. Porque donde unos dicen que la historia les debe una Champions, el club blanco sonríe altanero y contesta que a él el fútbol se lo debe todo. Y porque, en definitiva, no está de más recordar que en estos tiempos en que los falsos profetas del amiguismo deportivo venden su opio a la sociedad, el Madrid es el auténtico y verdadero equipo del pueblo.

viernes, 20 de mayo de 2016

Lo que podría ser


El final de Liga,como casi siempre en los últimos tiempos,deja sensaciones encontradas.Por un lado está lo que pudo ser y no fue,y por otro lo que se atisba que podría venir si se continúa en la línea ascendente de los últimos meses.La revolución que se exigía en enero,no obstante,tendrá que esperar.

Si algo ha evidenciado la competición doméstica es que el Madrid ha vuelto a necesitar verse al borde del abismo para tomar conciencia de sí mismo. Esto hecho, que en otros tiempos pudo significar la consecución de títulos inolvidables, ha demostrado no ser suficiente en un campeonato en el que conceder ventajas en la primera vuelta suele significar despedirse de toda opción de título. Que Benítez decidiera traicionar su filosofía de toda una vida por razones que solo él conoce y que Zidane tardara demasiado en darse cuenta que la línea continuista era la peor de las opciones, no debe ocultar la tristísima realidad de una plantilla en la que muchos de sus miembros decidieron no competir durante varios meses por puro divismo de niño malcriado. El gran arreón final, paradójicamente, sirve para tapar tantas vergüenzas como las que quedan al descubierto.

Suele pasar que el fútbol no es tan complicado como los gurús de la mentira y la estética vacía nos suelen vender, y el Madrid empezó a ser un equipo serio cuando su entrenador y sus jugadores decidieron serlo. Desde el mismo momento en el que se apostó por un esquema lógico en el que se favorece el bloque sobre la individualidad y se potencian las características de grupo, el equipo no podía sino subir su rendimiento. No se trataba de descubrir la rueda, sino de apostar por lo racional y lo razonable. En esta nueva situación, brilla un Casemiro sobre el que Valdano nunca escribirá un libro pero al que muchos de sus compañeros deben la vida, por no decir su continuidad en el club. La inclusión del brasileño en el once titular frente a toda corriente estética supone tener a un personaje de Frank Miller sin miedo a una cara plagada de cicatrices, un soldado de fortuna al que quizá podamos contratar si tenemos la suerte de encontrárnoslo en mitad de un tiroteo. Con él en el frente el equipo encuentra a un ancla al que aferrarse en defensa y ataque, una constante universal que permite que la defensa suba líneas de presión, que los laterales puedan subir contando con una cobertura segura en caso de tener que volver a trincheras y que dos maravillosos interiores como son Kroos y Modric puedan dedicarse a hacer el amor y no la guerra. Lógicamente todo esto redunda en una situación ventajosa a la hora de generar juego y que, gracias a ello, la BBC pueda actuar en posiciones en las que es más fácil clavar un cuchillo en el corazón que desenfundar la Mágnum. Era muy fácil, sí, pero también muy difícil: no olvidemos que algunos imbéciles han pretendido convertir el fútbol en un deporte para gilipollas, y nosotros solo hemos sido capaces de escapar de ello a última hora.

Con la buena senda identificada, y a la espera de ese eterno amor de verano que es la Copa de Europa, Zidane debe afrontar el reto mayúsculo que es revertir la incapacidad crónica de este equipo para competir de manera regular durante nueve meses al año y ser capaz de mantener la tensión en los inviernos en los que el frío aprieta y las discotecas ofrecen el cobijo y el calor que no se encuentra en los campos de entrenamiento. Pensando en esto, uno de los mayores desafíos que tiene que enfrentar Zizou es hacer que James decida si quiere seguir siendo futbolista o jugador del Arsenal, algo que puede parecer lo mismo pero no lo es. Del mismo modo, sería adecuado atajar la descorazonadora involución de Varane, involucrar en las rotaciones a un Kovacic que por características puede ser interesantísimo en este nuevo modelo de equipo, seguir favoreciendo la evolución de un Lucas que nos recuerda a diario que el trabajo y la convicción pueden vencer a los apellidos y, sobre todo, confeccionar una plantilla lógica en la que la baja de un solo hombre no suponga tener que cambiar la lógica del esquema, y en el que los interiores no tengan que jugar de pivotes y los mediapuntas ejercer de centrocampistas por esa falacia que nos cuenta que los buenos juegan de cualquier cosa. Quizá basándonos en el empirismo de lo que funciona, podamos hablar de lo que realmente ha sido y no de lo que podría ser.

viernes, 29 de abril de 2016

Don´t look back in anger


Hay que reconocer que,en esta ruleta rusa emocional que ha sido el Madrid durante toda la temporada,esta vez ha salido cara.Bien sea por pura casualidad o porque realmente Zidane comienza a dejar signos de buen entrenador,lo cierto es que la película llega a su tramo final con los buenos habiendo recobrado el aliento,los malos dejando bien a las claras la ignominia de su estilo y las espadas en alto cuando el combate parecía perdido por k.o. técnico.En esta lenta y a ratos dolorosa recuperación de identidad,el equipo blanco ha sabido medir los tiempos de tal modo que hasta los cantares épicos y las noches de magia vuelven a dejar regusto en el paladar.Ya tocaba.

La visita al Etihad Stadium, más allá de un resultado esperanzador, deja multitud de sensaciones positivas, lo que no es poco viniendo de donde se viene. Si en otros tiempos las visitas a la gris Manchester eran sinónimo de jugadas de museo y exhibiciones de unos excesos estéticos propios de aquellos años en los que vivimos peligrosamente, el partido del martes viene a corroborar la idea de un equipo más terrenal, un yerno menos guapo pero mucho más formal. En la senda de los recientes choques contra Barcelona, Wolfsburgo y Villarreal, y en contraposición a lo que podría esperarse de una plantilla tan tendente a la dispersión, este Madrid apuesta por controlar el riesgo y hacer de la guerrilla un estilo de vida. En este aspecto, el hombre clave es sin duda un Casemiro que ha debido pensar que, a falta de sentido colectivo, la colectividad sería él. No es casualidad que el escasísimo peligro citizen viniese precedido de manera casi exclusiva por errores en la salida de balón y algún riesgo innecesario reminiscente de los viejos vicios, pero más allá de eso, el sentir general fue de control casi total de la situación. Esto, que hasta hace muy poco debiera ser motivo de preocupación, es hoy una señal esperanzadora: mientras que el City parece depender exclusivamente de la capacidad del Madrid para inmolarse, éste demostró disponer de armas defensivas y ofensivas para maniatar y desarbolar al otro equipo de Manchester. No es de extrañar, por tanto, que el equipo blanco prefiriese jugar un partido inteligente antes que brillante, denotando que esta vez se venía con la lección aprendida y la intensidad activada, sin que esto sirva de precedente pero ojala sentándolo.

El pitido final no dejó de ser un alivio para ambos contendientes, en el caso de los locales por salir vivos de un partido que se les hizo bastante largo y por el reposo emocional que le supone al Madrid afrontar la vuelta dependiendo de su fútbol, y no de invocaciones ni llamadas al esoterismo. Quizá sea un signo de los nuevos tiempos: a pesar de los múltiples errores cometidos a lo largo del año, y por muchos momentos bochornosos que el aficionado blanco haya tenido que sufrir hasta llegar aquí, todo se olvida cuando en los meses de mayo se afronta la posibilidad de volver a reinar en Europa. Y es que como decía la inolvidable canción interpretada por el otrora genial Noel Gallagher, presente en la grada, probablemente sea mejor disfrutar del verano que florece que mirar atrás con rabia.

sábado, 9 de abril de 2016

El club y el estigma


Dicen que la alegría dura poco en la casa del pobre.Pues bien,lo que hasta el martes había sido una felicidad relativa por ganar un partido a todas luces intrascendente,ha acabado desembocando en una (otra) dolorosísima derrota que vuelve a demostrar que este Madrid es un equipo tremendamente pobre de espíritu.Nada que no supiéramos,por otra parte.

Como no podía ser de otra forma, la actual plantilla y sus trasnochados líderes no podían faltar a su ineludible cita  con ese partido absolutamente ridículo en eliminatoria Champions de cada temporada, algo que ya se ha convertido en una tradición primaveral tan arraigada como puedan serlo las alergias y los anuncios de El Corte Inglés. Solo un grupo de jugadores tan manifiestamente acompetitivo podía superar aquellos hits del escarnio al escudo y la institución que supusieron los partidos de vuelta frente a Borussia y Schalke de años pretéritos, aquellos en los que un equipo de supuesta élite europea suda sangre para sacar adelante una eliminatoria en la que parte con un 3-0 y un 0-2 a favor respectivamente. No busquen nada similar en cualquier equipo medianamente serio: este Madrid es excepcionalmente único para lo malo. 

Por supuesto, nada de lo ocurrido en Wolfsburgo es casualidad. Un servidor ya barruntó en el mismo momento del sorteo que a la fórmula del fracaso no le faltaba ni un solo ingrediente: rival a priori fácil, vuelta en casa y jugadores confiantes no podía significar otra cosa que una noche negra en la historia del Real Madrid del siglo XXI, un club más definido por partidos como el de anoche que por las grandes gestas europeas. Si a ello le sumamos la alegría postcoital del engañoso partido del Estadio Nacional Comandante Artur frente al Barcelona, apostarlo todo a la derrota era dinero regalado.

El resto es historia. Cierto es que Zidane tan solo necesitó dos meses y tirar la Liga definitivamente frente a equipos de alta alcurnia como Betis o Málaga para demostrar un mínimo de dignidad apostando por un Casemiro al que solo él seguía sin ver como imprescindible, pero los problemas estructurales y orgánicos del equipo siguen siendo tan evidentes que probablemente no se tenga la más mínima intención de solucionarlos, porque no olviden que esto es el nuevo Madrid. Así, se pretende competir con una defensa conformada por jugadores con una tendencia a la pérdida de papeles y el error individual como no ha existido nunca, un medio campo en el que a pesar de atisbarse cierto compromiso defensivo sigue existiendo un desesperante déficit de aportación en ataque y ocupación de espacio central en tres cuartos, y una línea de ataque permanentemente coja y en la que tan solo Bale posee una aceptable capacidad de desborde individual. El resultado de todo esto no puede resultar en otra cosa que un equipo extremadamente blando en defensa y tristemente predecible y lento en ataque. Quizá sea hora de que Ramos vaya ajustando su libro de estilo postpartido, y a su ya famoso “nos ha faltado intensidad/lo vimos todo hecho/creímos que sería más fácil” añada un “y nos ha faltado calidad” que es tan real como la vida misma. 

Toca semana de bravatas, moltolonguis, ouijas, revisionado de partidos de hace décadas y demás ritos de primavera que hacen hervir la sangre más por pereza y hastío que por verdadera creencia en la posibilidad de remontada. Toca esperar un partido que esta plantilla ni conoce ni sabe jugar, así como confiar en una actuación arbitral que no se ajuste a los designios mafiosos del Barcelona y su reconocida Trama Godall, frente a la que este Madrid falsamente señorial, acomplejado y neobuenista del presente siglo no ha movido un solo dedo. Y finalmente, toca comprobar que la sensación general es que el madridismo está harto de actos de fe hacia un grupo de jugadores definido por el fracaso y el endiosamiento injustificado, cuando hubo un tiempo no demasiado lejano en el que realmente se llegó a jugar como un equipo comprometido y solidario en todas sus formas y al que se decidió renunciar en pos de la felicidad de los verdaderos culpables. Probablemente, ese fue el preciso instante en el que murió el club y nació el estigma.

martes, 9 de febrero de 2016

Todo cambia para seguir igual


La llegada de Zidane parece haber supuesto una especie de catarsis balsámica para un madridismo peligrosamente acostumbrado al tedio y la mediocridad. Suele pasar que los cambios de tendencia precisan de mucho más que la voluntad de un solo hombre.

A punto de cumplirse un mes desde la llegada del otrora símbolo del período galáctico, el Madrid sigue buscando su identidad. El francés, lejos de apostar por una revolución deportiva que intente romper minimamente con el régimen del terror que simbolizan la autogestión del vestuario y el gobierno de los nombres sobre los hombres, ha preferido optar por la siempre cómoda y a menudo agradecida senda del continuismo. Algo que, en principio, no debería ser un problema si no fuera por el hecho de que apostar por lo mismo es hacerlo por un grupo de jugadores y unos principios tácticos abonados al fracaso en el último año. 

El Madrid de Zidane se ciñe con bastante exactitud a lo que siempre fue el Madrid de Ancelotti tras la marcha de Xabi Alonso: un equipo en el que atacan muchos, defienden pocos y no muerde nadie. Sí es cierto que el nuevo técnico parece haber impuesto un cierto grado de compromiso que no llegó a atisbarse con Benítez, lo que convierte al asunto en algo aún más trágico si cabe. Donde la presión adelantada no era más que un concepto plebeyo indigno de personalidades con galones de hojalata, ahora parece intuirse un pequeño intento de implicación por parte de una BBC que aún así se sabe intocable; Kroos, convertido en una especie de mediocentro melancólico recién salido de una novela de Neil Gaiman, se resigna a aceptar que aquellos tiempos como interior con llegada ya no son más que canciones de una tierra lejana, y el intento por recuperar a un jugador de tan inmenso potencial como es James no solo es loable, sino justo y necesario. Por supuesto, de los Kovacic, Casemiro o Lucas que se embarraron sin rechistar cuando más fuerte llovía y más débil era la autoridad del anterior general no hay noticias ni las habrá, pero ya hemos comentado que este Madrid no concibe otra manera de ir a la guerra que con el pelo engominado, las jerarquías bien delimitadas y avisando de antemano, como si de un perpetuo homenaje a José Luis Gila se tratase.

No obstante, continúan existiendo graves problemas estructurales que el madridismo, su presidente, su entrenador y sus jugadores parecen asumir como propios, porque el Real Madrid no es de este mundo y ha decidido que siempre es mejor pegarse un tiro en el pie antes que salir a cenar con la camisa arrugada. Así, aquellos tiempos en los que un equipo se equilibraba con la presencia de pivotes feos, fuertes y formales son recordados como poco más que una mancha en el historial de conquistas de un moribundo playboy de revista, algo indigno de la dictadura de la estética. Es por ella por lo que el Madrid continúa siendo el equipo del 4-0-6 y de las transiciones rivales que inevitablemente muerden y duelen, y que privado de ese plus físico y numérico en posiciones de medio campo sufre sistemáticamente remontadas en contra mientras olvida poco a poco lo que es hacerlas a favor, como si esto fuera el castigo a pagar por tantas noches de hipertensión y taquicardias por vocación en el último minuto. Y en este contexto, los centrocampistas blancos son un gentleman vestido de Armani que intenta conquistar a una tronista rodeada de mastuerzos en mitad de un festival de música techno. Siempre habrá clases, pero hay entornos en los que el personal no entiende de buen gusto.

En estas circunstancias se afronta la recta final de una temporada extraña, en la que un título se abandonó por incomparecencia desde hace varias semanas y se decidió no disputar el otro, en otra de esas comedias de situación tan tristemente frecuentes últimamente en Concha Espina. Una vez más, la delgada línea entre el éxito y el fracaso más absoluto lo marcará la Copa de Europa, porque siempre son ellas las que eligen, hay males que duran 100 años y la historia está condenada a repetirse aunque uno tropiece más de la cuenta en la misma piedra. Y es que al final, todo cambia para seguir igual.

viernes, 8 de enero de 2016

Lágrimas en la lluvia


Las tardes interminables de cine frente al televisor nos enseñaron que el capitán del barco solo se hunde tras ver a salvo a su tripulación, y que los viejos héroes del western siempre mueren con las botas puestas, mascando tabaco y maldiciendo entre dientes manchados de sangre, en esa última letanía de honor que recita el vencido justo antes de encontrar y entregarse a su ansiada paz. Hoy, 8 de enero de 2016, nacía Roy Batty, el inolvidable replicante de Blade Runner que se negó a ser esclavo de su destino. Hoy, el Madrid vive esclavizado por una idiosincrasia enferma y un culto al falso ídolo que ha hecho que los principios que le hicieron grande parezcan estar olvidándose como lágrimas en la lluvia. 

Benítez ha pecado de muchas cosas, pero sobre todo de cobardía. Quien sabe si por encontrarse ante la última gran oportunidad de su carrera, o por haberse visto superado por la expectativa del que cumple el sueño de su vida, lo cierto es que absolutamente nada ha ido como debería. El Madrid buscó en la figura del entrenador madrileño un perfil que cortase de raíz con la anarquía táctica y la meritocracia vergonzosamente funcionarial que definió al segundo año de Ancelotti, pero acabó encontrándose una continuación de marca blanca. Por primera vez en su carrera, Benítez impuso el corazón sobre la razón y vulneró todas las características que le habían definido durante 20 años. Donde el Madrid buscaba un replicante, Rafa quiso ser más humano que nunca. E inevitablemente, aquello derivó en la peor de las traiciones: la traición a uno mismo.

Lo cierto es que, pese a todo, en un principio hubo motivos para confiar en el cambio. El nuevo Real Madrid parecía apostar por un modelo en el que primase la solidez sobre la brillantez, al estilo de aquel ya lejano Valencia que la díscola etapa galáctica tuvo que digerir como si fuera alambre de espino. Benítez parecía querer imponer un equipo con líneas más juntas, mayor sacrificio colectivo y primacía de lo general sobre lo individual. La perspectiva del tiempo puede abofetear el recuerdo de aquellos esperanzadores días y contarnos que aquello no dejaba de ser un castillo de naipes sustentado en un estratosférico Keylor Navas y un sobresaliente Casemiro, pero uno quiere creer que el menos existieron un mínimo de dignidad y buenas intenciones. No fue suficiente. Todo duró hasta que el entrenador vendió su alma al diablo, o al vestuario. Lo mismo da.

“Míster, contra el Barcelona salimos al ataque”. El resto es historia. Principio y final de un proyecto concentrados en 90 minutos, y todas las vergüenzas de un grupo de jugadores expuestas hasta el extremo. Benítez no pudo sobrevivir a la BBC, ni a las alineaciones cocinadas a fuego lento en el Txistu y en las cenas de conjura que Ramos organiza cada dos meses, ni a la propaganda enferma y consumida con gusto por el rebaño de Relaño, esa que nos cuenta que el Madrid no puede jugar como un equipo y que las alineaciones las dictan los méritos adquiridos en Mundiales y Eurocopas, lugares de nacimiento y cifras de fichaje.

Y se acabó. Ni tan siquiera puede hablarse de final triste, porque el rollo de película se atascó en los créditos del principio. Tardes de cine que recordamos con añoranza, westerns en blanco y negro en la que los héroes sudaban carisma y cagaban integridad. Misiones suicidas, héroes de gesto fruncido y sueños cumplidos en la mejor superproducción que jamás se vio. Cómo lo echamos de menos. El Madrid ha visto cosas que vosotros no creeríais. Pero como Roy Batty en su humanizante epifanía, el Bernabéu y el madridismo no deberían permitir que aquellos recuerdos se pierdan como lágrimas en la lluvia. Aún no es tiempo de morir.

martes, 10 de noviembre de 2015

Creer en casualidades


En los tiempos del descreimiento, solo el imbécil cree en las casualidades.

El Barcelona siempre ha tratado de trascender en algo más que un club. Este eslogan, que sin que sirva de precedente tratándose de quienes se trata no miente en su planteamiento de base, resume a la perfección las intenciones de una organización que siempre tuvo pretensiones mucho más allá del mero fútbol. Todo aquello que no pudo conseguirse sobre un terreno de juego ha acabado superado por las aspiraciones ideológico-institucionales de una entidad convertida en parodia de sí misma y vergüenza de muchos, y que en sus intentos de luchar contra molinos de viento ha acabado yaciendo, febril y moribunda, sobre un lecho de excesos y corruptelas.

Los escándalos en torno a este club con ínfulas y maneras de entramado delictivo probablemente tengan su germen en aquel ya lejano Madrid galáctico, una edad de plata para el equipo blanco que coincidió con el período más negro de la historia moderna del F.C. Barcelona. Si ya a principios de la década se relacionó a varios jugadores blaugranas con un desagradable asunto de dopaje por nandrolona, fue la llegada de Laporta la que supuso un antes y un después en el modus operandi extradeportivo del equipo de la ciudad condal. El nuevo presidente, consciente de la dificultad de competir en el campo, eligió vender su alma a un diablo con nombres y apellidos: Ángel María Villar. En una operación posteriormente relatada con pelos y señales, y carente de dignidad alguna, el vicepresidente Alfons Godall relató ante una cámara de televisión cómo la traición del Barcelona al resto de clubes en las votaciones a la presidencia de la FEF supuso para los culés una interminable sucesión de favores arbitrales y federativos a nivel nacional y europeo, que, con la arrogancia del criminal que se sabe impune, animaba a seguir exigiendo a la nueva directiva comandada por Rosell. En un hecho sin precedentes y lamentable hasta la náusea, la gravísima asunción de un delito y el reconocimiento de facto de una competición adulterada quedaron sin investigar y pasaron de puntillas por la actualidad deportiva del momento, con la indudable colaboración del terriblemente prostituido amiguismo deportivo patrio y la sorprendente dejadez de un Real Madrid que debería haber removido cielo y tierra hasta aclarar el asunto. Y aunque moralmente se vieran reconocidas en cierto modo las constantes denuncias a las escandalosas, sospechosas y nunca antes vistas actuaciones arbítrales que habían rodeado a todos y cada uno de los partidos importantes a los que Barcelona se había enfrentado en los últimos años, aquello no fue el final. Ni mucho menos.

Espoleados por un victimismo fraudulento y una política de comunicación puramente Goebbelsiana, el siguiente paso en la táctica para la adoctrinación del barcelonismo fue tomar por tonto al aficionado propio y ajeno, con una naturalidad inherente a los malos guionistas y las sendas del pensamiento único. El Barcelona lo mismo eludía cualquier sanción administrativa por hechos gravísimos que le habían supuesto una condena firme, que fichaba más barato que nadie, pagaba los salarios más bajos y llenaba su cantera de niños de medio mundo mientras el aficionado necio, aún a esas alturas, se seguía maravillando por los milagros obrados por una entidad y unas directivas en franca sospecha desde su misma concepción. Por supuesto, para el rebaño todo era una enorme casualidad basada en el hecho de ser más listos que nadie, y aún así, para las escasas voces discrepantes que se atrevieron a cuestionar las extrañas operaciones llevadas a cabo por esa organización llamada F.C. Barcelona, siempre quedaría el recurso de Franco y el centralismo. Los principios de la vulgarización, la transposición y la unanimidad llevados al extremo. Mentes simples, placeres simples.

Tan pronto como se descubrió la verdad se tambalearon los cimientos de la casualidad y ese último argumento colectivo por el cual nos cuentan que el fútbol son solo once contra once y lo que pasa en los despachos no influye en la campo. El Barcelona no fichaba barato, falseaba cifras; tampoco pagaban poco, sino que la práctica habitual entre varios de sus futbolistas consiste en evadir impuestos y estafar a Hacienda. Tampoco era casual que mientras el resto de clubes presentaban limitaciones evidentes a la hora de traer niños extranjeros, el Barcelona sí pudiese hacerlo: todo consistía en un terrible entramado de tráfico de personas. De las nada ocultas visitas periódicas de Messi a la casa de un conocido chamán italiano famoso por haber tratado a ciclistas dopados, que casualmente han coincidido con el sorprendente resurgir del argentino después de años  de un evidente declive físico, hablaremos otro día. Casualidad, seguramente. O no.

Con todo lo expuesto y amparándome en mi derecho a la incredulidad, me permitirán dudar de la legitimidad de todos los títulos logrados por ese club en el período en que trascendió en mucho más: organismo político, herramienta de un régimen, arma arrojadiza, organización delictiva a muchos niveles. Puedo disculpar a quien aún crea en su modelo futbolístico; en las casualidades, sin embargo, ya solo cree el más imbécil.

viernes, 2 de octubre de 2015

Luces y sombras


Cumplido el primer mes de competiciones oficiales, pueden extraerse las primeras conclusiones y deben valorarse los méritos contraídos y los pequeños dramas vividos hasta el momento, que aunque aún escasos en ambos bandos, quizá dicen más de lo que pueda parecer. Luces y sombras, alegría y duda, grandes esperanzas en los claroscuros. Como siempre en el equipo blanco, pasiones desatadas en la maravilla de lo cotidiano.

Una cosa es evidente: el Madrid de Benítez ya tiene bastante poco que ver con el equipo funcionarial y deshumanizado de la pasada temporada. Donde hasta hace muy poco podía verse un caos fiado en exclusividad al talento individual y una confianza exacerbada en  unos titulares perennes ajenos a la meritocracia, Rafa propone encorsetar primero para volar después, agitar al principio para avanzar al final. Tiene mérito esta ruptura con el pasado, más si cabe cuando en este inicio aún se atisba cierto miedo en el libreto del madrileño a la hora de plasmar lo que muy probablemente le pide el cuerpo por aquello del qué dirán. Es por todos sabido que de un entrenador cobarde a un genio táctico tan solo existe la delgada línea que pueda marcar un amiguista necio, indignado por una entrevista insatisfecha o con el gañote sin llenar a cuenta de Visa ajena. Se acerca el invierno y probablemente aún sea tiempo de permanecer en trincheras.

Lo cierto es que Benítez ha sabido detectar desde un primer momento la enfermedad desgarradora que consumía al Real Madrid en la portería y la defensa. En lo que probablemente sea el mayor avance hasta la fecha y un notable éxito teniendo en cuenta el escaso discurrir de la temporada, el equipo parece haber asumido el dogma de que los goles ganan partidos y las defensas campeonatos, lo cual es mucho decir viniendo de lo que se viene y contando con una plantilla con tanta capacidad para la genialidad como para la dispersión. Con Keylor Navas erigido en baluarte y convertido en la sensación del fútbol europeo en este inicio de temporada, la línea defensiva puede permitirse el lujo olvidado de poder defender fuera del área con la confianza de que, en caso de necesidad, su portero no morirá con las botas quitadas y los pies pisando la línea de meta. A la mejoría de prestaciones defensivas contribuye la intención, más intuida que evidente todavía, de adelantar líneas de presión e involucrar a los delanteros en la ocupación de espacios y el retorno tras pérdida de balón. Costará, y mucho, pero el mero planteamiento de estos conceptos ya no suena a quimera.

No obstante, y de forma lógica por otra parte, hay varios aspectos muy susceptibles de mejorar, más en un sentido práctico que teórico. Y curiosamente, el Madrid está teniendo problemas en aquellos lances más dependientes del talento que del trabajo. La primera gran duda estriba en la viabilidad de la pareja Kroos-Modric sin otro centrocampista puro que apoye en tareas defensivas y de creación, más aún cuando los mejores 45 minutos de la temporada hasta el momento se han visto con Kovacic ocupándose de suplir la falta de dinamismo del alemán y complementando el desborde y el virtuosismo de ese colosal futbolista que es su compatriota. Sin entrar en absurdas consideraciones individuales que poco aportarían en estas fechas, sí es cierto que el doble pivote titular deja bastantes dudas en cuanto a capacidad de recuperación, ocupación de espacios y fuerza al choque y en los intercambios de golpes, que no en la disposición para hacerlo. La segunda gran problemática viene definida por las enormes dificultades, que no sorprendentes, que el equipo demuestra a la hora de hacer gol. Huérfano de centrocampistas llegadores, privado de grandes definidores y acostumbrado a marcar más por agotamiento rival que por precisión propia, la delantera se siente mejor echando la puerta abajo a golpes que abriendo con llave y sin hacer ruido. Sin embargo, este último parece más un daño puntual que no un mal intrínseco, más aún cuando la vuelta de James y Bale debería ser el principio de la solución y hasta en los momentos más desesperantes de los dos empates cosechados se han generado ocasiones claras que en un mundo perfecto siempre hubieran supuesto goles.

Ganas de mejorar, ideas claras y detalles que permiten soñar, sin demasiado brío aún, pero soñar al fin y al cabo. Con el equipo asimilando una evolución obligada y liberado de complejos absurdos, la plantilla involucrada en su totalidad y el entrenador aportando nuevos aires a un concepto que murió caducado, lo más difícil está hecho y solo queda confiar en la continuidad de una idea de juego tan presumiblemente efectiva como probablemente necesaria. Luces y sombras, buenas sensaciones.

sábado, 29 de agosto de 2015

Cuestión de estilo


Noche de reencuentros. Noche de cambios y de ilusiones que no por poco novedosas saben peor. Vuelve el Madrid y el mundo gira de nuevo, como si el verano tan solo fuera aquello que pasa hasta el próximo partido.

El Madrid de Benítez comienza en el Bernabéu su particular Liga de la Retribución, tratando de olvidar el esperpéntico espectáculo brindado en un 2015 hasta ahora tenebroso en lo futbolístico y demencial en todo lo que ha rodeado al club. Ancelotti deja una herencia cercana a la enfermedad, un método basado en la dejación de funciones y en el que la táctica y el trabajo acabaron siendo canciones de una tierra lejana. El Madrid del presente año ha sido un equipo sin alma, un barco el que el marinero ordenaba mientras el patrón miraba para otro lado, un galán acomodado que vive por inercia y duerme sin títulos a los que abrazar. Por pura lógica, no han sido pocos los jugadores que han sufrido una involución evidente: con Ramos tremendamente acomodado, gente tan otrora fiables como Kroos o Varane sumidos en la duda o un Bale que lleva demasiado tiempo sin disfrutar del fútbol, la prioridad a día de hoy no es levantar al herido, sino insuflarle entusiasmo. Jugar con portero ayudará, desde luego.

No obstante, la empresa es harto difícil y pasa por eliminar los vicios tóxicos remanentes de décadas pasadas y edificar un equipo que, al menos en un inicio, priorice la solidez y la fiabilidad sobre la estética vacua que, sin duda, el amiguismo deportivo nacional se encargará de utilizar como base ideológica de su Reich a pesar de que el equipo del Régimen, que es el suyo, ya renunció al pase horizontal hace tiempo. Menotti o Valdano solo son dos viejos inútiles criticando la ingeniería de una colosal obra que nunca entendieron, ya saben.

Para ello, Benítez haría bien en plantear nuevos retos tácticos a un equipo sumido en el desconcierto inherente a un 4-2-4 caduco en el que atacan 6, defienden 4 y no recupera casi nadie. La presión en bloque y la ocupación de los espacios en transición defensiva son conceptos que habrá que trabajar desde cero, pero que deberían convertirse en dogmas de fe e imagen de marca de cualquier equipo entrenado por el madrileño.  Así, no parece lógico hacer envejecer a un Modric que ya no es ningún niño a base de convertirle en el principal creador y destructor del equipo, cuando para ello se ha traído a un jugador validísimo como es Casemiro. Kroos tampoco puede ser el estilete defensivo de un equipo cuando nunca lo ha sido y sus virtudes son otras. Separar a un Cristiano muy alejado del extremo ágil que un día fue de las zonas de elaboración de la jugada es hacerle un favor a él y al equipo, y es ahí donde James debe ejercer como absoluto motor en tres cuartos de campo. La BBC parece un concepto difícil de encajar en el contexto actual: no aporta tanto como para compensar lo que hace perder al equipo. Tampoco es culpa suya, cuando fue precisamente su exhibición contra el Bayern lo que le enseñó al mundo qué debía hacer para defenderles. Bale necesita elevarse a un estado superior y Benzema aportar más allá de marzo, porque ambos serán importantes. Y todo ello debería favorecer un ecosistema en el que los centrales defiendan casi en el círculo central y no cerca de portería, porque si Ramos, Pepe y en menor medida Varane se empequeñecen cuanto más tiempo pasan metidos en el área, no tienen rival cuando se trata de jugar a campo abierto y de recuperar tiempo y espacio al atacante rival. En Keylor y Kiko hay que creer, sin más, por todo lo que hemos soportado.

En definitiva, este Madrid necesita volver a creer en sí mismo, recuperar la pasión e incluso la épica que parece haberle abandonado desde aquel baile en Lisboa y generar un sello de identidad sin importarle los complejos, las directrices interesadas y las mezquindades de los de siempre. Ya habrá tiempo para el lucimiento y la poesía, ahora se trata de escribir una historia sin renglones torcidos, sin miedos y con la seguridad y altanería del que se sabe en la buena dirección. Creer en la victoria, ahora mismo, es pura cuestión de fe; aspirar a ella, simplemente, cuestión de estilo.

martes, 14 de julio de 2015

Estos últimos días


Hubo un día en el que todos quisimos ser Casillas. Y como los amores que duelen y las lealtades que se olvidan, esos días acabaron.

Íker Casillas surgió en unos tiempos en los que el romanticismo postadolescente aún era posible en el Real Madrid. Quince años después, el niño de instituto que se convirtió en semidiós y cayó presa de sus pecados mortales, abandona el club de su vida después de una sucesión de hechos tan bochornosa como inevitable. Hace ya mucho que el portero dejó de ejercer como futbolista para convertirse en figura central de una guerra en la que él decidió alistarse en el bando equivocado, al amparo de los amigos de halago fácil y palmadita rastrera.

Mirando a sus primeros días, es imposible concebir el fenómeno Casillas sin su galería de villanos. Un héroe se define por sus enemigos, y en el caso de Íker apenas existieron los días sin una batalla abierta ni una figura maquiavélica que atentase no contra un hombre, sino contra alguien que trascendió en icono de la campechanía y el yernismo cuando aún no tenía edad para beber cerveza. Probablemente ahí se sembraron las primeras semillas de la traición propia y ajena. Mirando al principio, era fácil imaginar el final.

César, Raúl, Hierro, Florentino, Capello, Diego López o Mourinho. Daban igual el momento y las circunstancias, los siempre serviciales esbirros casillistas siempre encontraron una buena excusa para situar a un personaje maligno en el punto de mira del madridismo, y de España, y de cualquiera que considerase la humildad como el paradigma de la virtud.   Normalmente, esto de coleccionar enemigos poderosos hubiera sido un problema de no haber mediado una circunstancia indudable: Casillas fue un portero de una habilidad y un oportunismo sin parangón. Quizá no hubo en la primera década del siglo un jugador con su capacidad para decidir partidos de esmoquin y pajarita, ni con el signo de la suerte tan claramente alineado a su favor. En una época de porteros hijos de la ortodoxia, donde la apolínea figura de los Illgner o Schmeichel antecedió a la frialdad cibernética de Kahn o Buffon, el mostoleño también supo sacar partido de su imagen achaparrada, tan característica del ciudadano de a pie y tan alejada de la moda imperante. Salir bien por alto y mandar en el área no fue necesario mientras el talento innato para el uno contra uno y unos reflejos casi sobrenaturales aún no habían sido sepultados por la falta de entrenamiento, la autocomplacencia y el halago lastimero. 

Pero Casillas no supo ni quiso escuchar. Tan solo ver lo que le interesaba, o lo que le decían que tenía que interesarle. A esas alturas de la película era imposible discernir donde acababa Casillas y dónde empezaba la marioneta, el arma arrojadiza, el pelele. Al tiempo que el proteccionismo enfermizo del gremio amiguístico crecía, sus relaciones familiares y con otros miembros del equipo se tornaban complicadas, cuando no inexistentes. Nada era casualidad. Íker, alejado ya de todo lo que olía a Real Madrid, tornaba es un personaje desquiciado y profundamente egoísta, dentro y fuera del campo. Aún así, la bomba no explotó hasta que un día, simplemente, Casillas dejó de parar. Y donde otro jugador podría haber sido útil por hombría o haberse hecho fuerte como eje modulador de un vestuario siempre complejo, Íker eligió rendirse a su ego, ese que quizá siempre admiró en todos aquellos enemigos a los que su entorno protector acusaba de justo aquello en lo que hacía mucho que se había convertido. Un jugador decadente hubiese sido respetado y hasta honrado, porque la naturaleza humana tiende a encumbrar la debilidad procedente de la erosión del tiempo, pero nunca de la miseria de las emociones y la bajeza del espíritu. El Madrid paga, y muy bien, a sus futbolistas; pero el Madrid no paga a traidores.

Y se marchó. Solo. Alejado de aquellos que siempre creyeron en él, en una última mano salvadora, en una estirada milagrosa digna de personaje de cómic, porque los superhéroes se equivocan pero siempre rectifican sus errores. Probablemente abochornado por la gestión de su adiós final, si es que aún es capaz de sentir vergüenza. Rodeado de aquellos a los que vendió su alma, no de los que se la entregaron; vitoreado por quinceañeras que le olvidarán con la próxima Super Pop, por abuelas que pasarán el disgusto consumiendo con fervor la programación de Telecinco y por los periodistas que cavaron su tumba personal y deportiva, mientras que los que un día se encomendaron a un niño del instituto que llegó a ser portero de la institución deportiva más grande de todos los tiempos le daban la espalda presos del hastío y la decepción. 

Porque te tuve aprecio sincero, y porque me emocionaste, no voy a desearte suerte. Porque te aplaudí con fervor, y porque te admiré con ojos de niño y me decepcionaste cuando ya era un hombre. Porque nunca esperé de ti que fueras eterno, pero sí que supieras terminar con dignidad. Porque no hay mayor desgracia que morir en vida a ojos de los que te quisieron, como mueren los amores que dejan de doler y las lealtades capaces de quebrar el alma cuando se descubre que dejaron de ser verdaderas. Porque el peor castigo, y la mayor penitencia, será que nadie te recuerde una vez pasados estos últimos días.

Casillas ha muerto, larga vida al Real Madrid.

sábado, 9 de mayo de 2015

Niños malcriados y señoras viejas


La historia natural del Real Madrid nos cuenta dos verdades irrefutables. La primera, es que existe una tendencia altanera hacia el más difícil todavía, una arrogancia temeraria y casi psicotrópica que le empuja a caminar de manera habitual por el abismo en el que el éxito y el fracaso se miran de reojo, como unos Clint Eastwood y Lee Van Cleef que se retan eternamente. La segunda, que no llegó a donde ha llegado a base de poner la otra mejilla. El Madrid es un niño malcriado, listo pero vago, guapo y maleducado, contestón y rebelde porque el mundo le hizo así. Como los genios malditos, juega cuando quiere y cree porque puede.

El partido de Turín volvió a evidenciar los problemas de concentración y sacrificio inherentes a una plantilla víctima de su talento, que no tanto de su éxito. El precedente más cercano en la última semifinal que se afrontó con todas las circunstancias a priori favorables ya avisaba de los problemas del equipo a la hora de enfrentarse a retos supuestamente menores, alimentando de por sí la tendencia al sufrimiento extremo en las eliminatorias europeas del presente año. Con viento a favor, el equipo se diluye en la autocomplacencia del que nació con estrella, con los problemas que ello conlleva: en apenas año y medio natural, este Madrid acumula una cifra casi vergonzante de remontadas ligueras en contra, así como dos episodios nefastos contra Schalke y Borussia que a punto estuvieron de suponer bochornos históricos a pesar de partir con ventajas casi definitivas tras la ida. En este contexto, jugadores como Ramos y Marcelo, eternamente tendentes a la dispersión y el exceso de confianza, salen mal parados en los últimos tiempos: el primero necesita de rapapolvos habituales para poder mostrar ese alter ego hercúleo que a veces le convierte en un defensa infranqueable, pero de cada vez menos partidos sobresalientes; el brasileño, en cambio, parece no entender de riñas y nadie espera a estas alturas que gane en fiabilidad en las grandes citas, hecho que le convierte en carne de banquillo en los finales de temporada en detrimento de un Coentrao al que le basta con mostrar su faceta de jugador feo, fuerte y formal.

No obstante, conviene recordar que la representación casi anual de la caída y resurrección a través de la epopeya mística no suele faltar a su cita de casi todos los meses de mayo en el viejo Bernabéu. Imbuido de ese aura antinatural que le otorgan la comunión con el público y su historial, el Madrid confía en su capacidad para generar caos propio y ajeno por sus propias características de juego, un entorno en el que esta Juventus, a pesar de haberse olvidado de unas cuantas páginas del libro de estilo italiano, va a sufrir sobremanera. El gran error del Madrid, más allá de trabajar tremendamente mal la presión colectiva y ser víctima de imprecisiones impropias de tan insigne evento, fue jugar con demasiada educación y sentido del tiempo, como si de una primera cita con promesa de repetir se tratase. El miércoles, sabiendo que es ahora o nunca, lo lógico es que ella caiga rendida y el Madrid pueda entregarse al festín etílico y carnal con el que siempre escribe sus mejores páginas, cuando ya nada importa porque la confianza nos dice que no hay manera posible de que se pueda perder. 

Como los malos estudiantes, una vez más se dejan los deberes para la última hora. Como las mentes geniales y los espíritus libres, se vuelve a confiar en la inspiración, el orden del universo y los finales felices. Es la manera bonita, romántica y pasional de hacer las cosas que el Madrid comprende mejor que nadie. La única. Y eso no es algo que a estas alturas vayan a cambiar millones de corazones sobresaltados, enfados a luz de la luna y una señora vieja.

viernes, 24 de abril de 2015

Dioses menores


Era una noche de todo o nada.Para su equipo,pero sobre todo para él,aquellas dos horas que estaban a punto de comenzar suponían separar lo visible de lo invisible,el recuerdo del olvido.Javier Hernández miró a su alrededor y pensó en su suerte,en lo ilógico y a la vez extraordinario de su situación.A su lado,la imagen del agente especial Coentrao,de vuelta a la actividad,ponía de manifiesto con su mera presencia que se enfrentaban a una misión peligrosa,y apasionante,y quizá redentora.

El Madrid jugaba a lo campeón, minimizando riesgos, eliminando la posibilidad de errores y enterrando la ansiedad, esa que a menudo le convierte en un maravilloso espectáculo de vértigo suicida pero le hace ser vulnerable. Y Chicharito presionaba, y corría, y saltaba, sin dar por perdido un balón que bien podía ser el último en ese estadio y en esa ciudad, desafiando a su imagen de niño imberbe en una lucha permanente contra dos centrales acostumbrados al genio distante y a veces gélido de Benzema, pero no a la pelea en el barro y las manchas de sangre en la camiseta blanca. Su momento tenía que llegar, y a punto estuvo de lograrlo en un par de ocasiones que Oblak, de nuevo convertido en coloso, fue capaz de deshabilitar con la naturalidad de un artificiero sin miedo a morir. Pero era el Madrid, y era la Champions, y era el cúmulo de circunstancias maravillosas y excepcionales que le habían llevado hasta allí y que tenían que concederle una última oportunidad, un premio al estilo propio y al del Madrid, el mismo que nunca pudo encorsetarse con palabras pero sí con actos de fe. 

Y entonces llegó el gol. Y fue el gol de los don nadies, de los menospreciados, de los rebeldes y los soñadores. Fue el destino que se alcanza cuando los pulmones queman y la garganta se rompe. Y el Bernabéu rugió en murallas de sonido, como si aquella noche tocara reinterpretar el Loveless de My Bloody Valentine a pura voz en grito, reconociendo en el cambio del mejicano que aquel había sido el partido en el que los eternos secundarios reclamaban su derecho a la gloria a golpe de honestidad. Las lágrimas en el banquillo no fueron casuales, como tampoco lo fue el abrazo con Keylor: aquella conjura de los olvidados era la constatación de que había escrito su primera, y quizá última, página dorada en la historia más grande jamás contada. Noventa minutos para dejar un recuerdo imperecedero, para lograr en una sola noche lo que otros, llegados con pompa y platillo pero sin la convicción necesaria, jamás pudieron. 

Chicharito, ahora sí, sonrió, y se marchó del Bernabéu buscando su particular Olimpo low cost, donde las habitaciones no tienen jacuzzi y el minibar está permanentemente vacío. Allí le esperaban Anelka, que sigue peleado con el mundo, José Antonio Reyes y Karembeu, quien aún trata de domar sus trenzas mientras rememora una y otra vez aquellos punterazos mágicos en la eterna primavera de Madrid y del Madrid. Dioses menores, todos ellos. Héroes mundanos que nunca aspiraron a conseguir la inmortalidad, pero que siempre mantuvieron su derecho a soñar.

martes, 14 de abril de 2015

El lado bueno de las cosas


Suele decirse que el fútbol es un estado de ánimo, pero también un cúmulo de casualidades. Vuelve la Copa de Europa en el que probablemente sea el mejor momento para los blancos en el presente año, donde la mediocridad y la frustración parecen dejar paso a sensaciones mucho más satisfactorias.

El Real Madrid, durante meses huérfano de identidad y presa de la desesperación más atroz ante su incapacidad para disfrutar del fútbol, ha vuelto a encontrar su camino. Amparado en Modric, el equipo se apoya en una figura capaz de superar líneas de presión y proporcionar salida de balón con un simple paso de baile, un movimiento de cadera tan mortal que en otros tiempos habría sido declarado impúdico o ensombrecido al mismo Elvis. James, en cambio, es uno de los últimos nexos de unión con aquel Madrid vertical y vertiginoso que hizo del contraataque un estilo de vida en el que se vivía rápido y se moría joven dejando un bonito cadáver. Siendo ya Ozil tan solo una canción de una tierra lejana, probablemente no exista en el mundo un jugador con la capacidad de pase final que ostenta el colombiano, si acaso Messi. Y con ambos jugadores sorprendente y felizmente rehabilitados en un retorno fulgurante, la BBC sonríe en un contexto de lucha cuerpo a cuerpo en la que no tiene rival, sabiendo que antes o después el contendiente no tendrá más remedio que levantar la guardia en un último ataque de dignidad o morir agazapado esperando el sonido de la campana. Del fútbol barroco de Isco a la simpleza de Gareth Bale, pasando por ese limbo en el que el tiempo parece fluir de manera distinta en el que suele moverse Benzema, las posibilidades son infinitas.

Y es aquí, volviendo a los orígenes, donde el Madrid se encuentra con una situación interesantísima, en la que dispone de armas para hacer daño independientemente del desarrollo del partido. Aceptando el hecho de que el Atleti es un equipo que se siente cómodo cediendo la iniciativa y aprovechando su capacidad para el juego subterráneo y su innegable poderío a balón parado, quizá sea el momento de que los blancos prueben a entregar por momentos la manija del choque, confiando en que su capacidad para hacer daño al enemigo sin tener que elaborar planes complejos ha vuelto, y que son ya varios los partidos en los que el equipo acaba volando en los minutos finales mientras el rival gatea esquivando balas perdidas. Es en este aspecto donde el Real Madrid dispone de un elemento casi único que le diferencia del resto: no hay otro equipo con la capacidad de adaptación y las posibilidades de moldear su juego en función del rival y el tipo de partido que tiene este equipo con toda su plantilla disponible. 

Obviamente, también se puede hablar de las debilidades a la hora de defender las jugadas de estrategia, de las dudas que Carletto siembra en el manejo de los partidos y del hecho de que, si ganar una Champions jugando sin portero entra dentro de la materia de las leyendas, ganar una segunda jugando con diez probablemente obligaría a prohibir el fútbol durante un tiempo para poder recuperar la mística allá por el siglo que viene. Pero ya es primavera, esto es la Champions y nada de lo pasado importa. Si aún en los tiempos en los que dar por terminada la temporada en octavos se convirtió en habitual existía la convicción de que el Real Madrid se encuentra dentro de un equilibrio natural supremo que conspira a su favor y que antes o después compensaría todas aquellas noches de sufrimiento desgarrador, estos días de esperanza en la remontada liguera y ganas de saldar cuentas pendientes tan solo pueden hacer creer en el lado bueno de las cosas.

sábado, 21 de marzo de 2015

Historia de una infamia


Se consumó. Aunque uno aún podía esperar, ilusamente, un último atisbo de dignidad en un asunto que lleva años demostrando carecer totalmente de ella, la sombra de la ignominia planeó de manera indefectible sobre el Bernabéu en el partido contra el Levante, en una nueva demostración de que aún queda mucho camino por recorrer en el camino del madridismo aletargado y el síndrome de Estocolmo. Vergüenzas pasadas, dolores futuros.

Keylor Navas nunca ha sido uno más. Sus cartas siempre estuvieron marcadas desde el mismo momento en el que se consumó su fichaje por el Madrid, porque su destino nunca fue competir en igualdad de condiciones. Probablemente, el hecho de que el club traspasase a su portero titular y accediese a la extrañísima marcha de Xabi Alonso en los últimos días del pasado verano no auguraban nada lógico en torno al sempiterno, maldito y absolutamente nocivo tema de la portería del Madrid, aunque la fortaleza inicial de Carletto y la fe en su decisión de confiar en Diego López para el día a día parecían augurar, como mínimo, cierta sensatez en el asunto. Frente al pésimo y casi risible rendimiento deportivo de Casillas y su eterna disposición para sembrar discordia, la figura del costarricense debía erigirse en un soplo renovador para una posición que lleva años siendo el punto flaco de un gran equipo. El Madrid y el madridismo parecían ganar en tranquilidad, integridad y potencial deportivo, pero nada más lejos de la realidad. Navas ha acabado siendo el enésimo juguete roto de un jugador al que la entidad deportiva más grande de todos los tiempos ha concedido la potestad de poder aniquilar a compañeros y entrenadores, mientras sus palmeros, a menudo antimadridistas reconocidos, se permiten el lujo de repartir carnets de madridismo y establecer decálogos de comportamiento con la inestimable y campechana connivencia de el que nos ha dado mucho. Las figuras más representativas del Club de amigos de la Roja, los estómagos agradecidos del Txistu y las filtraciones puntuales, el entorno del capitán que nunca ejerció como tal, vuelven a actuar como pandilla camorrista con derecho para delimitar titularidades y suplencias, amparados en esa inseparable xenofobia y falta de escrúpulos que les indican el derecho a jugar por razones de nacimiento y amistades interesadas. Y cuadrando el círculo se encuentra Ancelotti, que lo mismo un día es capaz de utilizar a su portero suplente en un humillante rol de parapeto Casillista contra la tan cacareada soberanía de la afición del Bernabéu, que al rato lo ridiculiza abiertamente en rueda de prensa cuando le insinúan que pudiera jugar contra el Barcelona. Si había de posicionarse a un lado y demostrar quién manda en el vestuario, el italiano ya lo ha hecho. Infamia que tú hiciste, infamia por hacer.

El corral de comedias se completó con los pitos a Bale y Cristiano, un jugador de tal dimensión que casi hace que el hecho se torne en parodia de una afición que no ha aprendido nada. El aficionado que pita a Ronaldo no castiga sus fiestas, ni su evidente bajada de nivel en este año, ni tan siquiera sus desafortunados gestos que debería evitar desde este mismo instante, no; el aficionado que pita al mejor jugador que probablemente hayan visto sus ojos castiga su propia estulticia y su total ausencia de sentido común. Pasarán los años y estos mismos volverán a aplaudir y disfrutar con la supuesta garra, el espíritu de lucha y las carreras inútiles para salvar un balón imposible por parte de jugadores menores, porque hace mucho tiempo que en cierto sector de la afición madridista se instauró el principio de que vale más la mediocridad corajuda que el talento con corazón. Un pensamiento de otros tiempos para una afición de otros tiempos.

Con este clima malsano se afronta el que de momento es el partido más importante del año, en lo que sin duda puede suponer un punto de inflexión hacia una temporada exitosa,o un fracaso tan doloroso como inesperado si tenemos en cuenta el contexto y la posición inicial desde la que ambos equipos partían. Buena oportunidad de Ancelotti, los jugadores y la propia institución para recuperar la fe en ellos mismos y recordar que, casi a la par que los títulos, se encuentra la dignidad. 

viernes, 13 de marzo de 2015

Regreso al pasado


Si aplicásemos la teoría de la relatividad al partido del martes,podríamos decir que los 90 minutos que creímos vivir,supusieron realmente 5 dolorosos años de viaje al pasado,fantasmas a los pies de la cama y armarios con puertas abiertas por temor a que dentro habitase el coco.La eliminatoria contra el Schalke 04,el mismo equipo al que el amiguismo deportivo patrio y gran parte de la propia afición madridista infravaloraron hasta la náusea hace justo un año (todo sea por restar méritos a la Champions más meritoria jamás realizada por equipo alguno),evidenció los terribles males y la extrañísima situación que vive el equipo blanco en un 2015 que,a pesar de la tendencia al milagro casi altanero que siempre caracterizó al Madrid,ha puesto de manifiesto vicios y errores que debieron ser sepultados hace una década y que parecían muertos y enterrados,que no olvidados.

Las razones que puedan explicar la situación actual no son fáciles de discernir, en absoluto. La fiesta de cumpleaños de Ronaldo y la cena de conjura posterior, más allá de evidenciar un indudable mal gusto musical y una cuestionable puesta en escena por parte de los jugadores, no es motivo para justificar más de tres meses en los que el equipo no se reconoce frente al espejo; sí parece apuntar, no obstante, a la temida autogestión del vestuario que a menudo se vende como buen ambiente en el mismo, y casi siempre supone el hecho de que los jugadores piensen y actúen de la manera que les dicta su zona genital. En este contexto, Ancelotti aparece como un personaje sobre el que se plantean mil dudas, propias y ajenas: ni está siendo capaz de imponer su sello personal al equipo, como hizo hasta diciembre, ni de adaptar su fútbol al pésimo momento físico y espiritual que atraviesan sus jugadores, como bien demostró poder hacer en aquella fastuosa ópera de Wagner que supuso la última visita a Munich. En consecuencia, el equipo se encuentra sumido en un mar de lentitud, desorden y tediosidad, como suele pasar cada vez que las piernas, la cabeza y las circunstancias no responden a lo que dicta el corazón. La comedia romántica de este Madrid se encuentra ahora mismo en su nudo intermedio, esperando al desenlace final: si el corazón nos dice que aún hay tiempo para el idealismo bobalicón de Meg Ryan y Tom Hanks, la cabeza nos previene para la descorazonadora realidad de Persiguiendo a Amy o la puñalada optimista de 500 Días Juntos. Lo único claro a estas alturas es que el amor duele, en cualquiera de sus formas.

Lógicamente, si el equipo como conjunto y el entrenador como responsable fallan desde la base, el rendimiento individual de los jugadores se ha visto tremendamente afectado. La BBC es el máximo paradigma de ello: Cristiano sigue manteniendo su orgullo y capacidad rematadora de manera casi intacta, aunque privado de su superlativa superioridad física de otros tiempos y viviendo en un estado de permanente ansiedad que recuerda al jugador de su primer año, lleva varios meses en los que es incapaz de generar en maneras distintas al gol. El caso de Bale es justo lo contrario. Capaz de desequilibrar en casi cualquier circunstancia, la cárcel que supone para él partir desde una banda derecha que castra gran parte de sus virtudes y la evidente pérdida de confianza en su tiro que le causan la tremenda campaña en su contra ideada desde los sospechosos habituales que siempre son Prisa, Deportes Cuatro y sus fieles compinches que acuden religiosamente al Bernabéu prestos a pitar borregamente a la víctima propiciatoria dictada desde las más altas esferas de la central lechera, le han convertido en un jugador menor. Benzema probablemente sea el atacante que más cómodo se sienta en las actuales circunstancias, pero sigue despertando dudas como posible líder de un equipo en horas bajas, que no como complemento de lujo. Por detrás, Kroos se encuentra totalmente superado por las circunstancias y el efecto Isco parece apagarse, como es lógico. Tiempo de Modric y James. Tiempo de reflexionar, pero también de creer.

Mención aparte, para variar, merece el asunto Casillas. Dejando de lado la ya conocida  y ponzoñosa influencia de su interesado entorno sobre la vida social del club, y amparado una vez más por Florentino en su última rueda de prensa, habría que preguntarse las inconcebibles razones por las cuales una entidad de casi 600 millones de euros de presupuesto sigue dejando gran parte de sus aspiraciones en manos de un jugador que viene de protagonizar un error sonrojante en la final de Champions, el mayor ridículo individual jamás visto en la historia de los Mundiales y una eliminatoria en la que falla estrepitosamente en 3 de los 4 goles que recibe su equipo. Quizá sea momento para que el presidente recuerde aquello de he malcriado a los jugadores, a pesar de que para él, inexplicablemente, Íker sea el que mejor se ha portado en esta historia. Por esto, y por alguna cosa más, bien haría Florentino en regresar al pasado.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Crisis de identidad


La llegada del nuevo año supuso para el Madrid una especie de catarsis melancólica, en parte por la conciencia que nos recordaba haber vivido uno de los más grandes y evocadores momentos de la historia del deporte profesional, y quizá porque la esperanza de establecer por fin un ciclo ganador reconocible y perdurable en el tiempo pesa más de lo que el propio madridismo podría haber llegado a imaginar tras el atemporal orgasmo de Lisboa. Como el Miles Teller de la maravillosa The Spectacular Now, el equipo blanco se debate entre el hedonismo irresponsable del Carpe Diem y el idealismo postadolescente, y la cruda responsabilidad de sentir que quizá nunca volveremos a ser tan jóvenes como lo fuimos en aquel minuto 92:48 y que, quizá, ha llegado el momento de afrontar que el futuro ha llegado casi sin darnos cuenta.

Perder en Mestalla y el Calderón entra dentro de lo razonable, como también podría serlo ceder un empate ante un buen equipo como el Villarreal. Se trata del miedo, la incertidumbre y la falta de convicción, problemas camuflados en la espectacular racha de victorias que provocó tantas alabanzas estériles en aquel entonces, como histerismo absurdo en el presente. Lo cierto es que el Madrid asume una posición privilegiada a la hora de afrontar los meses clave del año, pero las dudas sobre la evolución del equipo (o la falta de ella) en los últimos tiempos provocan un poso amargo que amenaza la placidez con la que la temporada nos enseñaba el liguero desde hacía meses, juguetona y caprichosa. Las dudas abarcan la gestión y actitud del equipo durante los partidos, demasiado cercana a las épocas de autocomplacencia enferma que provocaron que el Madrid no se reconociese frente al espejo, el compromiso de ciertos elementos de la plantilla y lo que es más preocupante, la incapacidad de Ancelotti para solucionar pequeños problemas endémicos que si bien no parecen amenazar la posibilidad de luchar por todo, sí podrían estropear el final de una película que solo puede acabar de manera optimista, por mucho que el eje argumental nos haya tenido en vilo de un modo que no recordábamos desde las épocas del primer beso y los slashers en el cine de verano. Lo único bueno de los problemas subsanables es que siempre pueden subsanarse, claro.

Sin embargo, motivos para la esperanza hay, y muchos. A Modric se le espera como a ese amigo que desaparece en invierno y vuelve en la primavera trayendo consigo risas al atardecer, fiestas con chicas guapas a la luz de la luna e historias ebrias para recordar en las frías noches de invierno. La vuelta del mejor James debe suponer un plus de dinamismo y genialidad en un medio campo enfermo de cansancio en la figura de Kroos, intrascendencia en Illarramendi y falta de tiempo en Lucas Silva. Varane, como hicieran Peter Parker o Isco, acabará convenciéndose de que un gran poder conlleva una gran responsabilidad, y por si acaso ahí estará Ramos dispuesto a ejercer el milagro cotidiano en forma de balón caído del cielo. Bale y Cristiano, mientras tanto, tendrán que asumir lo que siempre han sido: dos jugadores geniales con capacidad para dar mucho más de lo que están dando, el primero por la falta de confianza que potencian los pitos y las críticas del rebaño de borregos que en pleno siglo XXI sigue teniendo a ciertos amiguistas deportivos de la central lechera como referentes, y el segundo porque tiene que reencontrarse a sí mismo. Sufrir el desamor es duro, más aún cuando el mismo se personifica en la figura de una mujer que, aunque rusa, no necesita actuar para que nos la imaginemos como semidiosa olímpica. Hay que entender, por tanto, a un Ronaldo que atraviesa esa etapa dolorosa pero necesaria en la que todo hombre trata de olvidar a base de fiestas horteras, frustrantes intentos de simular euforia y decisiones equivocadas. No obstante él, como el Madrid, deberían superar esta etapa a base de reencontrarse con el amor más incondicional, puro y engrandecedor que toda persona, y todo el madridismo, debería ejercer y practicar cuando vienen mal dadas: el amor propio.