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viernes, 1 de enero de 2016

Crónica de una derrota anunciada


Me tocaba conducir. En realidad me toca siempre. Es como una especie de pacto no escrito que me obliga igualmente a sacar la basura o a colgar los cuadros de la casa. Y no me había quejado hasta ayer, pero claro, yo conduzco y ella hace las maletas, así que salimos tarde y me perdí la mayor parte del partido. A la altura de Medinaceli me empecé a cabrear y más lo hice cuando ella apostilló que «mejor que no hubiera visto el partido porque íbamos perdiendo…».

El caso es que yo ya sabía que íbamos a perder. Bueno, lo imaginaba, porque mi alma de supporter siempre guarda un resquicio de esperanza incluso en las situaciones más adversas. Ya siendo niño, mi entrenador de baloncesto me sacaba a la cancha cuando íbamos perdiendo de 20 (lo de “por 20”, aunque correcto me suena rarísimo; total, la RAE ya admite «almóndiga», así que supongo que podré decir «de 20» sin que se ofenda nadie, ¿no?). Lo hacía porque sabía que yo siempre confiaba en remontar y les contagiaba mi optimismo enfermizo a mis compañeros. Aunque también lo hacía porque eran los minutos de la basura y así mataba dos pájaros de un tiro: premiaba mi ilusión y, a veces, también sonaba la flauta. Algo así quería hacer yo al ver el partido, del que sólo disfruté (¡?) apenas el último cuarto.

Desconfiaba de este Real Madrid, a pesar de la mejoría obvia y esperada del equipo, que, tras obtener un mejor tono físico, ha dejado de pasar apuros con adversarios asequibles. Pero es que el Barça no lo es. Nuestro sempiterno rival es carne de Final Four, si el grupo de la muerte no lo impide. Ha cambiado muchísimas piezas, pero ha mejorado aquellos aspectos que le hicieron vulnerable el año pasado. Tomic sigue siendo referencia en ataque, pero mucho menos que antes. Y, a pesar de la ausencia ayer de Arroyo, en la dirección del equipo se vislumbra más dinamismo que antaño. Nosotros, en cambio, hemos salido perdiendo con el cambio de fichas: “masacre”, se te echa de menos. Nadie en este Real Madrid tiene la polivalencia y espíritu defensivo que exhibía el americano. Nuestros pivots están “diseñados” por el gusto que tiene Laso para este puesto y sufrimos lo indecible cuando Ayón no tiene un buen día. De hecho, él tiene gran parte de culpa de la mejoría sufrida en los últimos partidos, pero ayer no fue su día. Thomkins y, sobre todo, Willy Hernangómez son blanditos en defensa y se dejan comer la tostada en la zona. Allí donde Slaughter mostraba colmillo retorcido, nuestros dos pivots revelan bisoñez y carencias. Si bien es cierto que se encuentran ambos en etapa de adaptación, se echa en falta un especialista que bien podría haber sido Augusto Lima. Un jugador más acostumbrado a fajarse con los kilos y centímetros de jugadores tan excelsos como los pivots blaugranas.

En cualquier caso, a pesar de este análisis en el que no hago gala del optimismo que me precedía en mi infancia, sigo confiando en que Laso tenga guardado algún as debajo de la manga y pueda sorprender a su némesis / “archienemigo”, Xavi Pascual, con algún tipo de estrategia defensiva que permita paliar los defectos en la formación de la plantilla. ¿Tal vez la garra y el carácter del Chapu ayude cuando esté al 100%…? ¿Tal vez la competitividad y mala leche de Taylor resulte clave en otros encuentros…?.

En definitiva, dos cosas claras debemos concluir de lo que expongo en estas líneas: es muy probable que sufriremos más de lo que acostumbrábamos el año pasado ante equipos más físicos que el nuestro; es casi seguro que la próxima vez haré yo las maletas.

viernes, 2 de octubre de 2015

La gran familia


Ayer terminé de degustar el segundo partido de la Intercontinental  de baloncesto. Lo vi en diferido, y menos mal, porque me habría agarrado un buen rebote (en defensa de mi equipo, por su supuesto) con el ¿arbitraje? que sufrió el Real Madrid durante el encuentro. Resulta que había un tal Reynaldo Mercedes, dominicano y culé hasta las trancas (como se supo por tweets que circularon durante el partido–ahora tiene su timeline bloqueado-), que se empeñó en tratar de igualar un encuentro claramente desnivelado por la diferencia de talento y calidad de ambos equipos. Sí, menos mal que ya sabía el resultado, pues incluso me reí al contemplar la esperpéntica descalificación del Chacho, tras dos técnicas señaladas por el susodicho colegiado.

Que parecía un primo exiliado de otro ladronzuelo que sufrimos por estos lares. Pero quien a “hierrezuelo” mata, a “hierrezuelo” muere, y, lejos de sacarnos del partido, como así sucedió en el primer encuentro, el EQUIPO (no puedo evitar las mayúsculas al nombrarlo) se compactó aún más. Se hizo impermeable a las mil y una faltas sufridas y no señaladas. Sacó coraje y ese talento que derrocha a borbotones.

Un EQUIPO en el que todos conocen a la perfección su rol. Un grupo solidario en el esfuerzo; atento a las ayudas defensivas al compañero sobrepasado. Un grupo dinámico dentro y fuera de él. Un conjunto en el que lucieron Thomkins, Llull, Carroll, Ayón…, pero que este viernes contra el Unicaja, en la semifinal de la Supercopa, bien podrían ser Rudy, Felipe, Chacho, Maciulis… Si falla un compañero, sale el siguiente a dar la cara como cuando niños jugábamos al escondite: «por mí y por todos mis compañeros y por mí el primero». No me cansaría de elogiar el bloque, pero debo reconocer que quedé gratamente seducido por las prestaciones de Trey Thomkins. Este chaval tiene clase. Y la suficiente humidad para, siendo una estrella en su anterior equipo, aceptar que aquí forma parte de un casting de esplendidos jugadores en el que él es uno más. Realmente disfruto viendo jugar a este grupo. Han sabido crear un ambiente familiar en el que fichajes y canteranos encuentran el clima propicio para su integración y crecimiento.

Tuve también ayer la oportunidad de revisar las entrevistas de Willy Hernangómez y del norteamericano cuando se incorporaron a la disciplina del club esta campaña. En ambos casos, los piropos de ambos se encaminaban a este hecho: a la calidad baloncestística, pero también humana, de unos jugadores que ganaron todo el año pasado y que anuncian seguir en la brecha la presente campaña. En ambas entrevistas, Willy presume de tener en Felipe Reyes el espejo en el que mirarse, y agradece la confianza depositada en él por el Club, no ya sólo esta temporada, sino durante su estancia en categorías inferiores; confianza que le han hecho crecer como jugador y como persona. Thomkins se confiesa admirador del juego del Chacho y Rudy, como todos nosotros, y de esa sincronía de pensamiento que parecen tener.En realidad, al margen de la calidad del equipo, es esa la clave que los diferencia de plantillas tan extensas y elogiosas como la del Barcelona: pues si el Estudiantes presume ser un equipo de patio de colegio, nosotros podríamos afirmar sin equivocarnos que también lo tenemos. Los imagino al salir de clase, dejando las mochilas al lado de la canasta y todos corriendo tras el balón dibujando jugadas, por el mero y simple hecho de amar este deporte por encima de todas las cosas. En nuestros duelos directos con el eterno rival habrá novedades tácticas, como la singularidad que supone el disponer de jugadores que pueden desempeñar diferentes roles dentro del campo y esto nos generará una ventaja competitiva, pero siempre será factor determinante la sintonía del grupo. De la que es parte importante, por cierto, entrenador y resto del staff técnico. Próxima parada, viernes a partir de las 21:00, en Teledeporte. Yo no me lo pierdo…

viernes, 18 de septiembre de 2015

Fútbol y matemáticas


Nunca me había percatado del parentesco que guarda el fútbol con las matemáticas, pero ya desde el comienzo de los partidos se nos revela su relación, liberando el árbitro con su silbido uno de los números más famosos de la ciencia de Pitágoras: el número “π”, por supuesto. Una constante matemática utilizada en física, en ingeniería... y también, de manera sonora, en los campos de fútbol. Pero al margen de la gracieta, son más los puntos de encuentro, como a continuación demostraré.

Decía la propiedad conmutativa, aquella que estudiamos en álgebra siendo niños, que el orden de los factores no altera el producto. Un verdad percibida, en tanto que racional y científica, que hasta la fecha había tenido también por universal, pero hete aquí que no lo es. Y tuvo que ser un entrenador de fútbol de argumentos literarios, aunque aspecto trigonométrico, el que me sacara de mi error. Pues sí. El orden, como el tamaño en aspectos coyunturalmente horizontales, importa y mucho. Porque ateniéndonos a la composición de la actual plantilla del Real Madrid, a la de la pasada temporada y a los intuidos como onces titulares de ambas campañas, podríamos argüir sobre la importancia del cambio de cromos en la mejora defensiva que estamos disfrutando (Keylor vs. Casillas), pero no sobre la relevancia que ha tenido el cambio de posición (orden) de alguno de los integrantes del equipo en el sistema defensivo madridista.

Los jugadores, esos sujetos tantas veces dúctiles a los vaivenes de su indisciplina táctica y tan pocas maleables a las exigencias de sus entrenadores, no se mueven este año como lo hacían con Carletto. Abarcan áreas de actuación diferentes, y este hecho ha provocado, en algunos casos, una mejora más que meritoria en su desempeño sobre el césped. Démosle al César lo que es de Keylor, pues el cambio de portero ha mejorado sustancialmente las cifras estadísticas de goles encajados, y a Roma lo que es de Benítez, pues también se ha visto minorada la frecuencia con la que los delanteros rivales se plantaban delante de nuestro guardameta. Habrá quien pondere más una cosa que otra, pero es debate estéril sopesar el efecto de las virtudes. Resulta más provechoso y, sobre todo, regocijante alabar la paradoja de ese 0 matemático que supone un 10 futbolístico en lo defensivo.

Demos la enhorabuena, por tanto, a Benítez y su cuerpo técnico por aplicar con rigor los más simples criterios de geometría básica. Felicitémosle por conseguir un prisma de vértices dinámicos y aristas cortas. Un equipo compacto que danza helicoidal en torno al esférico. Un sistema defensivo formado por centrales que trazan bisectrices hacia los laterales mientras estos acuden prestos a salvaguardar la simetría del dibujo establecido. Los ángulos, obtusos antaño, tornaron en agudos para formar triángulos equiláteros diseñados con cartabón. Polígonos que tejen redes que ahogan al rival con una presión que conocíamos por sufrida, pero no por ejecutada. Hay mimbres. Hay cimientos. Tan sólo debemos aguardar que el tiempo despeje la incógnita de la ecuación para que el resultado aritmético sea el soñado: infinito elevado a infinito.

Y nada más, mis queridos lectores. La clase de algoritmia balompédica ha acabado por hoy. Dejaré para más adelante el análisis del sistema ofensivo y la importancia que tendrá la propiedad asociativa del profesor Isco, ante las ausencias por lesión de James y, sobre todo, Bale. Lástima no poder revelarles la fórmula teórica de la metamorfosis de mi estimado galés, ojito derecho del que escribe. Esperaré a su regreso de la enfermería para que la moda confirme la tendencia y la desviación típica sea cero, y así poder hablarles de sus diagonales; que diseña desde la mediapunta hacia ambas bandas como si de hipotenusas se trataran. Hipotenusas que, obviamente, tienen como raíz de su longitud a la suma de los cuadriculados catetos que lo vilipendiaron.

jueves, 10 de septiembre de 2015

España, no te reconozco


Como yo lo veo, sólo hay tres motivos para asistir a un partido de fútbol. A saber: que te regalen la entrada, que te apasione alguno de los equipos o que te guste como juegan. Así que no entiendo porque se sorprenden los periodistas deportivos de este «pequeño país» de aquí abajo de que no se llenen los estadios cuando juega nuestro equipo nacional. En mi caso, he de decir, que hace mucho que me abandonó cualquier motivación para presenciar (in situ o no) cualquier partido de la mal llamada “roja”. Digo mal llamada, porque si le ponemos un pseudónimo, habría que haber escogido otro; que “la roja” es Chile. Tampoco me gusta aquello del “combinado nacional”, porque me recuerda al tinto de verano y las vacaciones, y aquello ya pasó… Pero vamos al grano, que me desvío del tema como disparo contrario ante mirada de santo.

De los que sí soy es de los jugadores del equipo de básquet: una panda de chavales bien avenidos, ajenos a modas capilares y modismos manidos sobre el rival o sobre el “céspet”. Que hablan en el campo, y fuera de él, con la misma cotidianeidad con la que echan sus partidas de pocha en las concentraciones. Que cuando pierden se van cabreados al vestuario. Que lo dejan todo porque se sienten parte de un todo. Esos sí me representan, me hacen partícipe de sus victorias y también de sus fracasos.

Que sí, que soy español, pero que no soy de España, leñe. No soy de esta España, en realidad. Porque antes sí que me atraía y la seguía con interés, pero ya hace bastante de eso. Cuando jugaban los “nuestros”. Y no me refiero a los del Real Madrid, que también, sino a los que sí sienten los colores. A los que juegan a algo más que a pasarse eternamente el balón hasta que las defensas, muertas de aburrimiento, se relajan y abren sus corazas al ritmo que los aficionados sus bocas en amplios y sonoros bostezos. Me gustaba España cuando no ganaba. Cuando era un equipo y no un conglomerado de jugadores que se reúnen de cuando en cuando para marear la perdiz, y al rival, y llenar sus bolsillos de dietas. Me gustaba España cuando era el equipo de todos y nadie se adueñaba de sus éxitos. Cuando era el equipo del “pueblo” y no el cortijo de Villar y de un marqués que reincide en el amiguismo frente a la meritocracia. Ahora no juega España, juega la Selección Española. Si me apuras, yo creo que ni siquiera admite el apellido, y estoy convencido de que alguno de sus jugadores estaría de acuerdo conmigo; juegan con la Selección, sí, pero no con España. Para mí es un ejercicio de hipocresía “lamantabla”, que diría alguno, y me asombra. Porque sería mucho más respetable, y nadie nos rasgaríamos las vestiduras, si declinaran la llamada de Del Bosque y actuaran en consecuencia con sus sentimientos. Tal vez radiquen ahí los pitos al picajoso, que tanto ofenden a nuestro ilustre, pero no insigne, exentrenador. O tal vez dichos silbidos de desaprobación tengan que ver con actuaciones extradeportivas que no comulgan con la conducta deportiva que se le presupone a un deportista de bien.

Pero…, ¿a quién le importa? ¿Debiera importarnos a nosotros si no lo hace al susodicho, quien se fue a reflexionar sobre el tema por los bares de copas de la noche gijonesa ayudado, tal vez, por alguna bebida espirituosa? Los palmeros del tablao lloran, cual plañideras, tamaña afrenta sonora al equipo nacional, pero yo sólo les acompaño en el sentimiento de palabra. No sé Vdes., pero de un tiempo a esta parte, se está despertando en mí un sentimiento europeísta, que me río del de la Merkel, porque del tema de los lloros a la patria, mientras llegan los partidos que importan (los del Madrid) sólo me interesa una duda metafísica que punza mi intelecto. El silogismo de la equivalencia me conduce a una paradoja que no puedo resolver sin la ayuda de las últimas portadas de la prensa escrita. Díganme, por favor, ¿si el que pita a Piqué, pita a España? Los que pitan a España… ¿pitan también a Piqué?

jueves, 3 de septiembre de 2015

Uno más uno: análisis previo a la temporada


Este año hay Europeo de por medio y, aunque albergo la esperanza de saciar la espera con un quinteto nacional madridista formado por el Chacho, Llull, Rudy, Felipe y Hernangómez, aún tardaremos un poco en saborear el regreso de nuestros campeones. Así que es mejor que lo asumamos ya para no llevarnos un mal rato la temporada que viene, porque lo hecho por los chicos de la sección de básquet es tarea difícilmente repetible. Y no digo que los objetivos no sean ganarlo todo, pues siempre ha sido y será así, pero la exigencia con la que debemos mirar al equipo no debe estar a la altura de lo hecho antes del verano. Afortunadamente, el respetable del Palacio de los Deportes no guarda similitudes con el público que acude al Santiago Bernabéu y eso le vendrá muy bien al rendimiento de nuestros jugadores. Futboleros y aficionados a la canasta comparten buen gusto, pero se vislumbra una animosidad superior, que no apasionamiento, entre los que prefieren el parqué al césped. Quizá porque la sección de baloncesto es el hijo pequeño del club y ya se sabe que a éstos siempre se les consiente un poco más que a los primogénitos. Sobre todo durante estos últimos años de travesía en el desierto.

Después de ganarlo todo el año pasado, cometeríamos un error de bulto en exigirnos tripletes, sextetes y demás horteradas de las que se presume por otros lares, y tenemos el ejemplo de lo que digo todavía presente en nuestras retinas, remontándonos a lo ocurrido tan sólo hace dos temporadas, dónde prensa y afición alimentaron la exigencia de una racha victoriosa que no parecía tener fin. El desenlace de la hazaña derivó en agotamiento físico y psíquico del grupo y no se pudieron conseguir los objetivos por los que tanto se había remado durante el año. Afortunadamente, aprendida la lección, y gracias al buen hacer de Pablo Laso, Herreros, Angulo y compañía, el maná de títulos llueve finalmente como antaño y una nueva época victoriosa se vislumbra en el horizonte.

Poco a poco se están cimentando las bases para que en años venideros nuestra cantera surta de exquisitos jugadores al primer equipo. De hecho, recientemente han sido hasta 3 las incorporaciones de chavales que despuntaban en distintos clubes extranjeros (incluido un chaval chino de 14 años y 2,04cm). Pero al margen de las exóticas incorporaciones, lo que más llama la atención es la existencia de una planificación cuidada del desarrollo de los jugadores jóvenes con talento. Son varios los que están abandonando la disciplina madridista para coger tablas y horas de vuelo en otros equipos ACB (el último Emanuel Cate, cedido al Baloncesto Sevilla), para posteriormente, cómo ha sido el Caso de Willy Hernángómez, regresar con el cuajo que se necesita para aportar minutos de calidad en una plantilla muy muy competitiva.

En la planificación de la presente temporada se ha apostado por la continuidad, abundando las virtudes del equipo que tan buenos resultados han ofrecido (transiciones rápidas y dinamismo), pero por unas causas y por otras, la composición de la plantilla ha tenido que ajustarse ligeramente. Campazzo, aún con plaza de extranjero, jugará el año que viene en el UCAM Murcia, y será reemplazado por Doncic, un chaval con un talento y desparpajo inusitado que tiene todavía mucho margen para crecer física y deportivamente. KC Rivers, tras perder su condición de “jugador Cotonou”, ha sido relevado por el sueco Jeffery Taylor, que aportará las mismas aptitudes defensivas que su predecesor. Quizá se pierda tiro exterior en este caso, pero se gana rebote. La línea que más retoques ha necesitado es el juego interior del equipo. Ni Bourousis ni Salah Mejri (sobre todo éste último), han cuajado buena temporada, al margen de partidos puntuales. En su sustitución, se incorporan Thomkins y Hernangómez. El americano es un ala-pivot con gran juego interior de espaldas a canasta, que, tras una lesión que le apartó de la NBA, ha incorporado a su arsenal ofensivo un muy aceptable tiro de media y larga distancia. Willy Hernángómez aportará rebote ofensivo y buen juego de pick & roll. Deberá aprender, eso sí, a ser más constante y regular. Sobre todo para cerrar bien el rebote defensivo y no cometer algunas faltas innecesarias.

Quedaría tan sólo conocer el sustituto de Marcus Slaughter. La salida de “masacre” ha sido la sorpresa negativa de la pretemporada y será difícil encontrar quien le reemplace. Echaremos de menos su versatilidad defensiva y su capacidad atlética, con la que ejecutaba, por ejemplo, esos spagat en el aire previos a los partidos: tocándose ambos pies con la yema de los dedos. También extrañaremos esa extroversión tan suya de las celebraciones de los títulos, aunque a buen seguro los festejará desde la distancia, pues será madridista «para los restos»

Visto lo visto, no tiene mala pinta lo que nos espera, pero, como decía al principio de mi artículo, hagamos ejercicio de contrición y no nos dejemos llevar por la euforia de nuestra memoria reciente. Simplemente, disfrutemos del viaje y el paisaje (jugadas y partidos), porque ya pasó el tiempo en el que temíamos perdernos por el camino y no encontrar la ruta que nos llevara a buen destino.

Me despido con una enseñanza de mi infancia que enlaza muy bien con la moraleja que pretendo exponer con mi texto y que hará de breve presentación de mi persona. Cuando era pequeño, mi madre reforzaba positivamente mi esfuerzo, pues siempre he tenido tendencia al “reposo intermitente”, y justo después de cada charla, en la que me hablaba de conceptos tan abstractos como el «futuro» y ser «alguien en la vida», añadía una coletilla que aprendí a repetir como un mantra cada vez que terminaba una tarea y quería convencerme a mí mismo de que había hecho lo debido: «hijo, al que hace lo que puede no se le puede pedir más». Pues eso, sean Vdes. condescendientes con este humilde escribano y con este glorioso Real Madrid que emerge de nuevo. ¡Hala Madrid!